Si eres nuevo en el hockey sobre hielo y ves un partido de los Detroit Red Wings en los playoffs, es posible que en algún momento veas volar por los aires un pulpo muerto y aterrizar sobre el hielo. No es vandalismo, no es un accidente ni una protesta. Es una de las tradiciones más queridas y más extrañas del deporte profesional norteamericano, y tiene una historia tan peculiar como el propio gesto.
El pulpo de Detroit es, en el mundo del hockey, lo que el sombrero en el hat trick o el paseo de la Copa Stanley: una tradición que nació de forma espontánea, que no tiene ninguna lógica aparente, y que se ha convertido en parte indisoluble de la identidad de un equipo y de sus aficionados.
El origen: una pescadería y ocho victorias
La historia comienza el 15 de abril de 1952, durante los playoffs de la NHL. En aquella época, la liga tenía solo seis equipos y los playoffs constaban de apenas dos rondas. Para ganar la Copa Stanley, un equipo necesitaba ganar exactamente ocho partidos —dos series al mejor de siete, ganando cuatro en cada una—. Ocho victorias, ocho tentáculos. La conexión era obvia para Pete y Jerry Cusimano, dos hermanos propietarios de una pescadería en Detroit que eran aficionados fanáticos de los Red Wings.
Antes del partido del 15 de abril, los hermanos Cusimano compraron un pulpo en su propio negocio, lo metieron en una bolsa y lo llevaron al Olympia Stadium. En un momento del partido, Pete lo sacó y lo lanzó al hielo. El impacto fue inmediato: el público estalló en carcajadas y aplausos, los jugadores miraron el extraño objeto con sorpresa y el árbitro ordenó retirarlo. Los Red Wings ganaron ese partido y barrieron en playoffs para ganar la Copa Stanley sin perder un solo partido. La superstición quedó establecida.
”Al el pulpero”: el hombre que les daba dignidad
A medida que la tradición creció en las décadas siguientes, el Joe Louis Arena —el pabellón que los Red Wings ocuparon desde 1979 hasta 2017— desarrolló su propio protocolo para gestionar los pulpos. El hombre encargado de retirarlos del hielo era un empleado del estadio que los aficionados apodaron “Al the Octopus Man”, Al el pulpero, que recogía cada cefalópodo lanzado desde las gradas y lo hacía girar sobre su cabeza como un trofeo antes de retirarlo, para regocijo del público.
En los playoffs de los años 90 y principios de los 2000, cuando los Red Wings de Steve Yzerman, Nicklas Lidström y compañía ganaron cuatro Copas Stanley, los pulpos volaban a docenas en cada partido de playoffs. El pabellón olía a pescado, los árbitros suspiraban resignados y los aficionados rivales miraban con una mezcla de horror y fascinación.
La tradición en el siglo XXI
Cuando Detroit se mudó al Little Caesars Arena en 2017, una de las preguntas que surgieron fue si el pulpo sobreviviría al cambio de pabellón. La respuesta fue sí. Los aficionados de los Red Wings llevaron la tradición al nuevo estadio, y aunque los Red Wings han pasado años de reconstrucción alejados de los playoffs, la sola perspectiva de una postemporada activa el instinto pulpero de la afición de Detroit.
La tradición del pulpo es hoy una parte tan importante de la marca de los Detroit Red Wings que el equipo la ha abrazado como elemento de marketing: hay merchandising oficial con pulpos, los jugadores conocen la historia antes de llegar al equipo y los nuevos aficionados aprenden el ritual como parte de su iniciación en la cultura del hockey de Detroit.