Décadas de rostros expuestos al disco más peligroso del deporte
Durante los primeros 50 años de la NHL, los porteros de hockey jugaban sin ninguna protección facial. Se enfrentaban a discos de goma dura que podían alcanzar velocidades de más de 100 km/h en la era anterior a los disparos modernos, y bastante más en la actualidad, con la cara completamente expuesta.
Los registros médicos de los porteros de esa era son una colección de fracturas nasales, dientes rotos, cortes faciales, pérdidas de visión y conmociones cerebrales. Clint Benedict del Montreal Maroons probó en 1930 una máscara de cuero rudimentaria después de sufrir una grave fractura de nariz y pómulo, pero la abandonó porque limitaba su visión. Fue el primer portero en usar máscara en la NHL, aunque de manera experimental y temporal.
La resistencia al uso de máscaras no era irracional desde la perspectiva de la época: las primeras máscaras realmente sí limitaban la visión periférica y la capacidad de seguir el disco. El problema era que los constructores de máscaras de la época no tenían la tecnología ni el diseño para crear algo funcional. La solución no era evidente.
Jacques Plante y la noche que cambió el hockey
El 1 de noviembre de 1959 es una fecha que todo aficionado al hockey debería conocer. Los Montreal Canadiens jugaban contra los New York Rangers en el Madison Square Garden cuando Jacques Plante, el mejor portero del mundo en ese momento, recibió un disparo de Andy Bathgate en la cara. El golpe le abrió un corte profundo en el labio superior y la nariz que requería puntos de sutura.
Plante se retiró a los vestuarios para ser atendido. Hasta este momento, la historia era relativamente rutinaria: los porteros solían volver al juego después de ser cosidos. Pero Plante había estado desarrollando en secreto, durante meses, una máscara de fibra de vidrio moldeada a su propio rostro. Su entrenador, Toe Blake, había prohibido explícitamente su uso en partido oficial, considerándolo innecesario y símbolo de debilidad.
En los vestuarios, Plante informó a Blake de que no volvería al hielo sin la máscara. Blake, que no tenía portero suplente disponible, aceptó a regañadientes. Plante terminó el partido con la máscara. Los Canadiens ganaron 3-1. Siguieron invictos durante los siguientes 18 partidos. Blake, con sus argumentos refutados por los resultados, nunca volvió a prohibir la máscara.
El arte en la cabeza del portero
Lo que Plante no podía imaginar al defender su máscara funcional de fibra de vidrio es que, décadas después, las máscaras de los porteros de hockey se convertirían en lienzos de arte personalizado, algunos de ellos creados por artistas con carreras independientes y vendidos como obras en el mercado del arte.
La transición comenzó gradualmente en los años 70 y 80, cuando los porteros empezaron a pedir diseños personalizados para sus máscaras. En los 90, la práctica se sistematizó: cada portero de la NHL lleva una máscara única con un diseño específico que generalmente refleja la historia del equipo, la personalidad del portero o ambas cosas.
Artistas como David Arrigo o Ron Slater se especializaron exclusivamente en pintar máscaras de porteros y construyeron carreras completas a partir de esa especialización. Las máscaras más elaboradas llevan semanas de trabajo y cuestan varios miles de dólares. Algunas se han subastado por cantidades importantes en beneficio de organizaciones benéficas.
El portero más alto y el más bajo: los extremos físicos del puesto
La posición de portero en hockey sobre hielo es, en términos de morfología corporal ideal, la más debatida del deporte. Durante décadas, los porteros eran a menudo los jugadores más bajos del equipo, con la lógica de que cuanto más bajo te pusieras en el hielo, mejor ibas a cubrir los ángulos bajos —donde llega la mayoría de los disparos.
Esta lógica fue completamente invertida a partir de los años 90, cuando comenzaron a dominar los porteros altos que usaban su envergadura para cubrir más ángulo en posición erecta. Porteros como Dominik Hasek, de técnica absolutamente heterodoxa, demostraron que no había un modelo único correcto: Hasek se tiraba, rodaba, usaba cualquier parte del cuerpo y fue quizás el mejor portero de su generación.
Hoy los porteros de la NHL son a menudo los jugadores más altos del equipo, con tallas de 193 a 200 centímetros, y el debate sobre si la altura es una ventaja decisiva sigue sin resolverse definitivamente. El hockey ha decidido, pragmáticamente, que los porteros simplemente deben ser buenos, independientemente de cuánto midan.