El disco, conocido internacionalmente como puck, es el objeto de juego fundamental del hockey hielo. A diferencia de otros deportes de equipo que utilizan una pelota esférica, el hockey hielo adoptó este cilindro plano de caucho vulcanizado por razones puramente funcionales: sobre una superficie de hielo, un disco se desplaza de forma mucho más controlada y predecible que cualquier pelota. El caucho vulcanizado, sometido a un proceso de endurecimiento con azufre a altas temperaturas, le otorga la resistencia necesaria para soportar miles de impactos de palo y golpes contra las vallas sin perder su forma.
La elección del caucho negro no es casual. Originalmente, los primeros discos improvisados en el siglo XIX eran trozos de madera o incluso excrementos de vaca congelados, pero con el tiempo el caucho se impuso como el material ideal. El negro facilita su visibilidad sobre la blancura del hielo, aunque con la televisión en alta definición la NHL experimentó durante los años noventa con un disco que dejaba un rastro luminoso digital —el FoxTrax— que resultó poco popular entre los aficionados puristas y fue abandonado. Hoy en día se sigue trabajando en tecnologías de seguimiento integradas en el propio disco para enriquecer las transmisiones televisivas.
Antes de cada partido oficial y durante los descansos, los discos se almacenan en neveras a temperaturas bajo cero. Este detalle, aparentemente menor, tiene un impacto directo en el juego: un disco frío rebota significativamente menos que uno a temperatura ambiente, lo que facilita su control y hace el juego más fluido. En un partido de la NHL se pueden llegar a usar entre ocho y doce discos, que se van sustituyendo cuando el árbitro o los jugadores consideran que el desgaste afecta a sus propiedades. El banquillo de cada equipo dispone siempre de un suministro de discos refrigerados listos para ser introducidos en el juego.