El hat-trick es una de esas expresiones deportivas que ha trascendido los límites de su deporte de origen y se usa hoy en casi todas las disciplinas donde se marcan tantos. En el hockey hielo, sin embargo, conserva una tradición propia e irrepetible: cuando un jugador marca su tercer gol, los aficionados lanzan sus gorros al hielo desde las gradas en un gesto de celebración colectiva que detiene el partido y obliga a los empleados de la arena a recoger centenares de prendas con palas. Es una de las estampas más icónicas del deporte norteamericano y uno de los momentos que los aficionados más esperan presenciar en directo.
El origen del término no está vinculado al hockey hielo sino al críquet, donde en el siglo XIX se empezó a premiar a los lanzadores que eliminaban a tres bateadores consecutivos con una prenda de sombrerería —un sombrero de copa, según la versión más extendida. La expresión viajó al hockey sobre hielo a través de Canadá, donde las sombrerías locales retomaron la costumbre de premiar a los jugadores que marcaban tres goles. Lo que comenzó como una promoción comercial se convirtió en una tradición cultural tan arraigada que hoy ningún aficionado al hockey concibe un hat-trick sin el espectáculo de los gorros volando sobre el hielo.
Estadísticamente, un hat-trick es un logro notable incluso para los mejores goleadores de la liga. En una temporada regular de la NHL, los jugadores más productivos suelen conseguir entre dos y cinco hat-tricks si tienen una campaña excepcional. La combinación de un portero contrario en forma, la presión defensiva y el azar del rebote hacen que incluso los máximos goleadores de la historia pasen semanas o meses sin conseguir uno. Por eso cada hat-trick es celebrado con tal intensidad: representa un partido perfecto para un atacante, una noche en que todo salió bien y el disco encontró el camino a la red tres veces.