En poco más de un siglo, el trineo de bobsleigh ha pasado de ser una rudimentaria estructura de madera con patines de hierro a una máquina de alta tecnología que puede superar los 150 kilómetros por hora en las pistas más rápidas del mundo. Esta evolución tecnológica es quizá la más radical de todos los deportes olímpicos de invierno y refleja la enorme inversión que los países con tradición en el bobsleigh han realizado en la búsqueda de décimas de segundo.
Los primeros trineos de finales del siglo XIX eran adaptaciones directas de los trineos de uso cotidiano en los Alpes. La madera era el material principal, los patines eran de hierro y el mecanismo de dirección era muy rudimentario —a menudo simplemente una cuerda unida a los patines delanteros que el piloto tiraba hacia uno u otro lado. La primera gran mejora llegó con la introducción del volante como mecanismo de dirección y con la sustitución progresiva de la madera por el acero en la estructura del trineo, lo que aumentó tanto la resistencia como la velocidad.
La segunda mitad del siglo XX trajo las transformaciones más radicales. La fibra de vidrio y posteriormente la fibra de carbono revolucionaron el diseño de la carcasa exterior: el cuerpo aerodinámico que cubre la tripulación pasó de ser una simple cubierta protectora a ser una superficie diseñada con criterios aeronáuticos para minimizar la resistencia del aire. Los patines de acero especial, con perfiles calculados para maximizar el contacto con el hielo manteniendo la fricción mínima, son hoy la inversión más importante de los equipos de élite. Los sistemas de simulación por ordenador permiten diseñar y probar el trineo virtualmente antes de construirlo, algo impensable en las décadas anteriores.