Pocos deportes tienen un origen tan enmarañado geográficamente como el bossaball. Para entenderlo hay que rastrear tres países distintos, cada uno con un papel diferente en la historia: Bélgica (de donde es el inventor), España (donde se creó y presentó) y Brasil (de donde vienen las influencias culturales más profundas).
La historia de un belga en España
Filip Eyckmans es ciudadano belga. Nació y creció en Bélgica, un país donde el deporte más popular es el ciclismo y el fútbol, y donde la cultura del entretenimiento deportivo es significativamente más austera que en los países mediterráneos. Cuando Eyckmans se trasladó a España, encontró un ambiente radicalmente distinto.
España en los años noventa y dos mil era un país en plena efervescencia cultural y deportiva. El fútbol era omnipresente, el deporte de playa florecía, y el sector del entretenimiento y los eventos crecía a buen ritmo. Para alguien con la visión de Eyckmans —crear un producto deportivo que fuera simultáneamente espectáculo— España era el laboratorio perfecto.
¿Por qué no en Bélgica?
La pregunta que muchos se hacen es por qué Eyckmans no desarrolló el bossaball en su país natal. La respuesta tiene varias dimensiones. Por un lado, Bélgica tiene un clima que no favorece los deportes al aire libre durante buena parte del año —la cancha hinchable funciona mejor en exteriores—. Por otro, el mercado belga de eventos deportivos era más pequeño y más conservador que el español.
Pero quizás lo más importante es que España tenía la cultura futbolística que necesitaba el bossaball para ser entendido y adoptado rápidamente. El uso del pie en un deporte de red no resulta extraño en un país donde todos saben dar una volea o un cabezazo. En Bélgica habría sido una novedad mayor y probablemente más difícil de asimilar.
La paradoja cultural: un deporte europeo con alma brasileña
Hay un tercer nivel de complejidad en la identidad geográfica del bossaball: sus raíces culturales más profundas son brasileñas. La capoeira, el futvoley, la música como elemento del deporte… todo eso viene de Brasil, un país que no participó en la creación del bossaball pero que está presente en cada aspecto de su ADN.
Esta paradoja es, en realidad, una de las riquezas del bossaball. El deporte es el resultado de la mirada de un europeo sobre una cultura latinoamericana, aplicada en un contexto mediterráneo. El resultado es algo que no podría haber nacido en ninguno de esos tres países por separado: requería la distancia y la perspectiva del europeo, la influencia de Brasil y la hospitalidad cultural de España.
Una identidad transnacional
El bossaball es, en última instancia, un deporte transnacional. No tiene un país “propietario” de la misma manera que el cricket pertenece a Inglaterra o el béisbol a Estados Unidos. Esta condición lo hace más libre y más adaptable: puede llegar a cualquier país sin el peso de una identidad nacional específica que lo haga ajeno a otras culturas.
Es posible que esta transnacionalidad sea, de hecho, una de las razones de su éxito global. El bossaball no llega como un producto extranjero: llega como algo que pertenece a todos los que lo juegan, independientemente de dónde haya nacido su inventor.