Si hay una historia en el mundo del deporte que combina velocidad, dinero, glamour, crimen organizado y declive fulminante en proporciones iguales, esa historia es la del jai alai americano y su relación con las apuestas. Desde los años 20 del siglo XX hasta los 90, el deporte vasco fue en los estados del sureste americano lo que hoy es el poker en Las Vegas: el centro de gravedad de un ecosistema de apuestas legales que generó millones de dólares y atrajo a todo tipo de actores, desde empresarios legítimos hasta personajes del crimen organizado.
El sistema parimutuel: una máquina de hacer dinero
El sistema de apuestas parimutuel que se utilizó en el jai alai americano fue importado directamente del mundo de las carreras de caballos, donde llevaba funcionando desde finales del siglo XIX. El principio es elegante en su sencillez: en lugar de que sea el frontón quien fije las cuotas de cada apuesta, son los propios apostantes quienes, con sus elecciones colectivas, determinan el valor de cada resultado posible.
El funcionamiento concreto es el siguiente: todas las apuestas realizadas antes del inicio de cada partido van a un fondo común, el “pozo” o “pool”. Cuando el partido termina, el frontón descuenta del pozo los impuestos correspondientes al estado (que en Florida llegaron a ser del 8%) y su propia comisión de gestión (habitualmente entre el 15% y el 20%). El dinero restante, que es la cantidad distribuible, se reparte entre todos los que apostaron al resultado ganador de forma proporcional a lo que cada uno había apostado.
Este sistema tiene varias consecuencias interesantes para el apostante y para el negocio del frontón. Para el apostante, el valor de una apuesta ganadora no se conoce de antemano: depende de cuánta gente haya apostado a ese mismo resultado. Si muchos apostantes eligieron al ganador, las ganancias se reparten entre muchos y cada uno recibe poco; si pocos lo eligieron correctamente, las ganancias son grandes para cada ganador.
Para el frontón, el sistema parimutuel es un negocio de comisiones que funciona independientemente del resultado del partido: gane quien gane, el frontón se queda con su porcentaje antes de distribuir el resto. Esto crea un incentivo muy diferente al de un casino, que gana cuando los jugadores pierden: el frontón gana más cuanto más dinero apostado circule por su sistema, independientemente de quién gane.
El auge: los frontones como únicos espacios de apuesta legal
La clave del éxito del jai alai americano como negocio estuvo durante décadas en un factor regulatorio: los frontones de jai alai eran, en muchos estados del sureste americano, la única forma de apostar legalmente en dinero a un evento deportivo. En estados como Florida, Connecticut y Rhode Island, donde las apuestas en casinos o en máquinas tragamonedas estaban prohibidas, el frontón de jai alai era el único lugar donde un ciudadano podía hacer una apuesta legal.
Esta ventaja regulatoria convirtió a los frontones en destinos de ocio masivo. En las décadas de mayor esplendor, los grandes frontones de Miami, Tampa, Dania o Bridgeport recibían decenas de miles de espectadores cada semana. El espectáculo del jai alai tenía atractivo propio, pero era el sistema de apuestas lo que generaba la masa de público que llenaba las gradas noche tras noche.
Los ingresos eran extraordinarios. El Dania Jai-Alai en Florida llegó a manejar apuestas por valor de decenas de millones de dólares al año en su época de mayor actividad. El estado se llevaba su parte en impuestos, los propietarios del frontón se quedaban con la comisión de gestión, y los apostantes ganadores recibían sus premios. El sistema funcionaba como una máquina de generar dinero para todas las partes involucradas.
La sombra del crimen organizado
Donde hay grandes sumas de dinero en efectivo y una regulación imperfecta, el crimen organizado raramente tarda en aparecer. El jai alai americano no fue una excepción.
Las investigaciones realizadas por autoridades federales y estatales en los años 70, 80 y 90 del siglo XX documentaron vínculos entre elementos del crimen organizado y varios frontones de jai alai americano. Los cargos incluían lavado de dinero (los frontones, que manejaban grandes volúmenes de efectivo, eran vehículos ideales para introducir dinero ilegal en el sistema financiero legal), extorsión a los propietarios de los frontones, y en algunos casos arreglo de resultados.
El arreglo de resultados en el jai alai era teóricamente posible gracias al sistema de apuestas parimutuel: si se sabía de antemano qué equipo iba a ganar y cuáles iban a perder, se podía apostar en consecuencia antes de que el mercado de apuestas lo reflejara, obteniendo cuotas favorables que generaban grandes ganancias. Las investigaciones documentaron que algunos pelotaris fueron contactados o amenazados para que perdieran partidos intencionadamente.
Estos escándalos dañaron la reputación del jai alai americano y crearon una percepción pública negativa que costó al deporte parte de su base de aficionados, aunque sin llegar a destruir el negocio mientras los frontones mantuvieron su monopolio de las apuestas legales.
La crisis: la legalización de los casinos lo cambia todo
El derrumbe del jai alai americano como negocio fue rápido y devastador cuando llegó, y tuvo una causa clara: la legalización de los casinos y otras formas de juego en los estados donde los frontones operaban.
En Florida, el proceso comenzó en los años 90 con la aprobación de diversas formas de juego legal que antes estaban prohibidas. Cuando los jugadores tuvieron acceso a máquinas tragamonedas, ruletas y juegos de cartas en casinos que podían instalarse en lugares más accesibles y con una oferta de entretenimiento más variada, el atractivo del frontón de jai alai como destino de apuestas se desmoronó.
Los números lo cuentan todo. Las asistencias a los frontones cayeron a lo largo de los años 90 en un porcentaje muy significativo. Los ingresos por apuestas se redujeron en proporciones similares. Muchos frontones que habían sido negocios extraordinariamente rentables durante décadas se encontraron de repente con dificultades para cubrir sus costes operativos.
El efecto dominó fue inevitable. Algunos frontones cerraron directamente. Otros intentaron sobrevivir reconvirtiéndose en establecimientos de entretenimiento mixto, añadiendo máquinas tragamonedas o salas de juego a sus instalaciones de jai alai, pero el jai alai en sí mismo pasó a ser solo un atractivo más entre muchos, perdiendo la centralidad que antes tenía.
El número de partidos de jai alai profesional se redujo drásticamente. Muchos pelotaris vascos que habían construido sus carreras en el circuito americano volvieron al País Vasco o se retiraron anticipadamente. El ecosistema del jai alai profesional americano, que en los años 80 empleaba a cientos de pelotaris, entrenadores y personal de frontón, quedó reducido a una sombra de lo que había sido.
El legado de una era
A pesar de su declive, el jai alai americano dejó una huella cultural profunda en los estados donde floreció. Las generaciones de norteamericanos que crecieron yendo al frontón con sus familias conservan memorias vívidas del deporte: el sonido de la pelota impactando en el frontis, la visión de los pelotaris moviéndose a velocidades imposibles, la emoción de las apuestas y el ambiente de los grandes frontones llenos de gente.
En Florida, el jai alai forma parte de la identidad cultural de ciertas zonas del estado, especialmente en el área de Miami y en la costa del Atlántico. Los frontones históricos que todavía existen son monumentos a una época, y algunos han sido reconvertidos en espacios culturales o deportivos que conservan parte de la arquitectura original.
La historia del jai alai y las apuestas es también una lección sobre la fragilidad de los modelos de negocio construidos sobre ventajas regulatorias que pueden desaparecer: mientras el frontón fue el único lugar donde apostar legalmente, el negocio fue extraordinario; cuando esa ventaja se esfumó, el edificio entero se derrumbó con rapidez. Es una historia que dice tanto sobre el negocio del juego como sobre el deporte en sí mismo.