En la historia del deporte motor, hay muy pocas pruebas donde completar el recorrido —simplemente llegar a la meta— sea en sí mismo un hito. El Erzbergrodeo es una de ellas. Cada año, más de 500 pilotos de todo el mundo toman la salida en las laderas de la mina de hierro de Erzberg, y la inmensa mayoría de ellos no llega a la meta. Solo un pequeño puñado de los mejores pilotos del planeta consigue completar los más de 60 kilómetros de roca, barro y pendientes imposibles dentro del tiempo límite.
El récord de tiempo en el Erzbergrodeo pertenece a la reducida élite que no solo llegó a la meta sino que lo hizo más rápido que nadie. Graham Jarvis, con sus cuatro victorias, es el referente absoluto del palmarés de la prueba. Taddy Błażusiak sumó también varias victorias durante su época de dominio. En los años más recientes, pilotos como Manuel Lettenbichler y Alfredo Gomez han añadido sus nombres al listado de campeones. Los tiempos de los ganadores se sitúan habitualmente en torno a hora y media o algo más, aunque el tiempo exacto varía según las condiciones del terreno y el recorrido de cada edición.
Lo que hace extraordinario el récord del Erzbergrodeo no es solo el tiempo absoluto sino el contexto: cruzar la meta de la carrera más dura del mundo en menos de dos horas, por un terreno por el que otros pilotos de altísimo nivel quedan atrapados durante minutos en un solo obstáculo, es una hazaña que pone en perspectiva la diferencia abismal de nivel entre los mejores pilotos del mundo y el resto de participantes, por muy buenos que estos sean en el enduro convencional.