Ralph Samuelson no se conformó con haber inventado el esquí acuático. Apenas tres años después de ponerse de pie sobre el agua por primera vez en 1922, en 1925 construyó la primera rampa de salto de la historia del deporte.
Una rampa hecha con herramientas de carpintería y manteca de cerdo
La construcción de la rampa era tan rudimentaria como ingeniosa. Samuelson tomó tablas de madera y las ensambló en forma de plataforma inclinada que flotaba sobre el lago Pepin. El problema de la fricción —que ralentizaría al esquiador al subir por la rampa— lo resolvió con lo que tenía a mano: untó toda la superficie de la rampa con manteca de cerdo, reduciendo así el roce al mínimo.
La altura de esta primera rampa era modesta según los estándares actuales (apenas unos 60-80 centímetros en su punto más alto), pero suficiente para propulsar al esquiador hacia el aire con la velocidad de la lancha de la época.
El primer vuelo sobre el agua
Los testigos que presenciaron los primeros saltos de Samuelson describieron la escena como algo nunca visto: un hombre siendo arrastrado por un barco de motor, subiendo por una plataforma de madera grasada y saliendo literalmente volando por el aire varios metros sobre la superficie del lago, antes de aterrizar con un gran chapuzón.
Samuelson perfeccionó su técnica de salto en las semanas y meses siguientes, alcanzando distancias que, según los testimonios, superaban los 15 metros. No existían instrumentos de medición precisos en ese contexto informal, pero la distancia visual era impresionante para los espectadores.
El legado de esa primera rampa
La idea de la rampa de salto se fue extendiendo a medida que el esquí acuático ganaba popularidad en los años 1930 y 1940. Las rampas se fueron refinando técnicamente: primero se usaron planchas de metal en lugar de madera, luego se regularon las dimensiones y la inclinación. La cera técnica sustituyó a la manteca de cerdo.
Hoy, las rampas de competición son estructuras de aluminio y material compuesto con superficies tratadas, reguladas al milímetro por el reglamento de la IWWF. Pero todas ellas son descendientes directas de aquella plataforma de tablas untadas con manteca que Ralph Samuelson construyó en el lago Pepin en 1925.
Velocidades que desafían la imaginación
Ese mismo año de 1925, Samuelson llevó su espíritu experimental más lejos todavía. Se hizo remolcar no por una lancha de motor convencional, sino por un hidroavión Curtiss OX-5. A los mandos del aparato estaba un piloto de Lake City que aceptó el experimento. El resultado fue un deslizamiento sobre el agua a más de 130 kilómetros por hora, una velocidad que no tenía ningún paralelo en el deporte acuático de la época y que sigue siendo un hito histórico extraordinario.