El longboard es un deporte lleno de contrastes: puede ir a 146 km/h por una carretera de montaña o a 20 km/h por un campus universitario. Puede ser una disciplina artística de una elegancia comparable a la danza o un deporte de velocidad extrema comparable al motociclismo. Puede ser un medio de transporte sostenible o un instrumento de competición profesional. Estos son los datos más sorprendentes y fascinantes del universo longboard.
El récord de velocidad: 146,73 km/h sobre una tabla
Probablemente la curiosidad más impactante del longboard es la que tiene que ver con la velocidad: ¿a cuánto puede ir realmente una persona sobre una tabla con ruedas? La respuesta oficial es 146,73 km/h, el récord mundial establecido por el rider estadounidense Kyle Wester el 29 de septiembre de 2017 en una carretera de Colorado.
Para conseguirlo, Wester adoptó la posición de “luge” —completamente tumbado boca arriba sobre la tabla, con los pies hacia adelante— para minimizar su perfil aerodinámico. A esa posición, que deja apenas 30 centímetros de distancia entre el cuerpo y el asfalto a más de 140 km/h, se le suma el traje de protección integral, el casco y los guantes de slide.
La preparación fue exhaustiva: selección cuidadosa del trazado (una carretera con la inclinación y la longitud adecuadas), cierre total al tráfico, múltiples intentos previos para ajustar el material, y la presencia de un equipo de cronometraje homologado por Guinness World Records. El récord fue ratificado y publicado en los libros de Guinness, convirtiendo al longboard en uno de los deportes sobre ruedas sin motor más rápidos del mundo.
Para poner en perspectiva lo que significa 146 km/h: es la velocidad máxima que puede alcanzar un coche en muchas carreteras españolas, la velocidad de un tren de cercanías y casi el doble de la velocidad máxima permitida en carretera secundaria.
El longboard como surf de asfalto
Una de las curiosidades más bonitas del longboard es que en realidad es surf. No metafóricamente: el longboard nació directamente del surf como una forma de practicar los movimientos del surfing en tierra firme cuando las olas no cooperaban.
Los surfistas californianos de los años 50 se preguntaron qué pasaría si montaban ruedas en una tabla de madera y se lanzaban por las colinas de sus ciudades. La respuesta fue el sidewalk surfing: un deporte que copiaba deliberadamente los movimientos del surf —el carving (trazar curvas largas), el crouching (agacharse en las curvas más cerradas), el cross step (avanzar cruzando los pies sobre la tabla)— sobre el asfalto.
Esta conexión no es solo histórica. El longboard dance moderno bebe directamente de la estética del surf clásico con tablas largas (longboard surfing), y muchos de los movimientos que los mejores riders de dance ejecutan sobre el asfalto son indistinguibles de los que hacen los surfistas sobre las olas. El hang ten del surf (colocar los diez dedos de los pies en el borde de la tabla) tiene su equivalente directo en el longboard dance: colocarse de puntillas en el nose mientras la tabla sigue en movimiento.
Incluso la elección del término longboard para estas tablas es un homenaje al surf: en el surfing, un longboard es una tabla larga (más de 9 pies) de las que usaban los surfistas clásicos de los años 50 y 60 antes de la revolución del shortboard en los años 70.
El longboard como transporte: millones de riders sin saberlo
Una de las paradojas más curiosas del longboard es que muchos de sus practicantes más habituales no se consideran deportistas ni boarders: son simplemente personas que van al trabajo, a la universidad o al supermercado sobre una tabla.
El longboard como medio de transporte urbano experimentó un boom enorme entre 2005 y 2015, cuando los campus universitarios de Estados Unidos, Europa y Australia se llenaron de estudiantes con tablas bajo el brazo. Para distancias de 2 a 8 kilómetros en entorno urbano, el longboard tiene ventajas reales sobre la bicicleta: no necesita aparcamiento, cabe en cualquier ascensor, puede subirse al transporte público y no requiere mantenimiento mecánico regular.
Se estima que en el pico del boom del longboard como transporte (alrededor de 2010-2013), había en el mundo más longboards usados para desplazamientos cotidianos que para practicar downhill, slalom o dance de competición. Este uso de transporte —popularizado especialmente en ciudades universitarias— fue uno de los grandes motores del crecimiento de la industria del longboard y de la proliferación de marcas especializadas en tablas de “cruising” (paseo) y “commuting” (desplazamiento).
Longboard dance en Taiwán y China: la revolución asiática
Una de las curiosidades culturales más sorprendentes del longboard moderno es el fenómeno del longboard dance en Asia, especialmente en Taiwán, China y Corea del Sur. En estos países, el longboard dance ha adquirido una popularidad y una estructura organizativa que supera con creces a la de Europa o América.
En Taiwán, hay escuelas de longboard dance con estructura similar a las escuelas de artes marciales: grupos de alumnos de distintas edades entrenando juntos bajo la dirección de un instructor, con un currículum de elementos técnicos que se aprenden de forma progresiva. Los parques públicos de ciudades como Taipéi se llenan los fines de semana de grupos practicando dance con una organización y un nivel técnico que sorprende a los visitantes de otras tradiciones longboarderas.
Este desarrollo ha generado una oleada de riders asiáticos de altísimo nivel que dominan los campeonatos mundiales recientes, especialmente en las categorías femeninas. La combinación de disciplina de entrenamiento, estructura pedagógica y pasión cultural ha creado en Asia una escuela de longboard dance que no tiene equivalente en ningún otro continente.
Las diferencias clave con el skate olímpico: por qué son deportes distintos
Cuando el skateboard fue incluido en los Juegos Olímpicos de Tokyo 2020, muchas personas se preguntaron si el longboard sería el siguiente. La respuesta corta es: probablemente no pronto, porque son deportes fundamentalmente diferentes.
El skateboard olímpico (street y park) usa tablas de 75-82 cm, prácticamente sin flex, con ruedas pequeñas y duras. Su vocabulario técnico se basa en el ollie (el truco fundamental del skate moderno, inventado por Rodney Mullen) y sus derivados: flip tricks (kickflip, heelflip), grinds sobre barandillas y bordes, y trucos aéreos en rampa. Es un deporte donde el truco individual —ejecutado en décimas de segundo— es la unidad de evaluación.
El longboard usa tablas de 90-150 cm, con flex variable, ruedas grandes y blandas. Su vocabulario técnico se basa en el carving (trazar curvas), el slide (deslizamiento controlado), el cross step y el g-turn (en dance), y el tiger claw y el nose manual (en freestyle). No existe un equivalente al ollie en el longboard: no se trata de elevar la tabla del suelo sino de mantenerse sobre ella mientras se ejecutan movimientos de cuerpo o se maniobra sobre la superficie.
Alguien que practica skateboard street podría coger un longboard y desplazarse, pero tardaría tiempo en ejecutar un buen cross step o un coleman slide. Y al revés: un rider de longboard dance que intenta hacer un kickflip sobre un skateboard clásico probablemente descubrirá que son mundos técnicamente muy alejados, aunque compartan el DNA del surf californiano.
Los records invisibles: el downhill más largo y las sesiones más extremas
Más allá del récord Guinness de velocidad, el longboard tiene una cultura de exploración de límites que genera records que no siempre llegan a los libros oficiales: descensos de varios kilómetros de longitud sin parada, sesiones de dance de varias horas sobre el mismo trazado, o travesías largas en longboard (longboard touring) que pueden cubrir cientos de kilómetros en varios días.
El “longboard touring” —desplazarse largas distancias empujando con el pie sobre una tabla— tiene sus propios récords informales: hay riders que han cruzado países enteros en longboard, siguiendo rutas de varios días con pernoctaciones entre etapa y etapa. La combinación de la física eficiente del longboard (ruedas grandes que ruedan bien en asfalto), la posibilidad de descender pendientes sin esfuerzo y la relativa comodidad de la posición de pie lo hacen adecuado para este tipo de aventuras, que tienen más en común con el cicloturismo que con el deporte de competición pero que forman parte del universo amplio del longboard.