Hay momentos en la historia de un deporte en que aparece alguien que no solo es mejor que los demás sino que ve el deporte de una forma diferente, que lo lleva a un lugar donde nunca había estado. En el longboard dance, ese momento se llamó Lotfi Lamaali. El rider franco-marroquí no inventó el longboard dance —había figuras importantes antes que él— pero lo vio de una forma que nadie había visto antes, y compartió esa visión con millones de personas que nunca habrían imaginado que una tabla con ruedas pudiera ser el instrumento de algo así.
El origen de un estilo
Lotfi Lamaali nació en Francia de familia marroquí, y su historia personal —la mezcla de culturas, de lenguajes, de tradiciones estéticas— se refleja directamente en la forma en que construyó su riding. No tenía un único referente cultural ni una única tradición de movimiento: tenía jazz, tenía hip-hop, tenía danza contemporánea, tenía la cultura visual del arte callejero de París, tenía también el surf y el longboard como puntos de partida.
Esta mezcla habría podido resultar en algo caótico o superficial. En Lamaali resultó en algo coherente y profundo, quizás precisamente porque ninguna de esas influencias dominaba sobre las otras: cada una aportaba algo al lenguaje de movimiento que fue construyendo sobre la tabla con el paso de los años.
Las influencias artísticas
El jazz como filosofía de movimiento
La influencia del jazz en el riding de Lamaali no es solo una cuestión de estética sino de filosofía de movimiento. El jazz —como el blues y como todas las músicas que surgieron de la tradición afroamericana— se basa en la relación entre la estructura y la improvisación: hay un marco (el tema, los acordes, el ritmo) dentro del cual el músico improvisa libremente, respondiendo al momento, a los otros músicos, al público.
Lamaali traslada esta filosofía al longboard dance: los elementos técnicos del dance (el cross step, el g-turn, el peter pan) son el marco, la estructura. Pero dentro de ese marco, cada momento de su riding es una improvisación que responde al suelo, al espacio, a la música que suena, al momento del día. Por eso sus sesiones en vídeo nunca parecen ensayadas aunque estén filmadas con producción cuidada: la espontaneidad es real, no fingida.
La danza contemporánea: el cuerpo como instrumento
La danza contemporánea aporta a Lamaali una conciencia del cuerpo —sus posibilidades, sus límites, su expresividad— que pocos riders de longboard tienen. Donde otros riders piensan principalmente en los pies (qué paso dar, cómo colocar el peso), Lamaali piensa en el cuerpo completo: los brazos que equilibran y expresan, el tronco que dirige el movimiento, la cabeza que orienta la mirada y da intención a cada gesto.
Esta conciencia corporal global hace que su riding sea legible incluso para personas que no conocen el longboard: el movimiento comunica aunque el espectador no sepa los nombres de los trucos. Hay una claridad expresiva en lo que hace que trasciende el vocabulario técnico.
El breakdance: fluidez y energía urbana
El breakdance —la danza de la cultura hip-hop— aporta a Lamaali la energía urbana y la fluidez entre elementos de distinta naturaleza. En el breakdance, un bailarín puede pasar de movimientos en el suelo a movimientos aéreos a movimientos de pies de forma fluida y sin pausa; Lamaali traslada esa fluidez al longboard dance, encadenando elementos de dance con momentos de freeride suave, con saltos y giros sobre la tabla, de forma que el riding parece no tener costuras.
Los vídeos virales: el longboard en las calles de París
El gran catalizador de la influencia de Lamaali fue su decisión de llevar el dance fuera de los skateparks y las zonas habilitadas, y practicarlo en los espacios más inesperados de la ciudad: las explanadas frente al Trocadéro con la Torre Eiffel al fondo, los puentes sobre el Sena, las escalinatas de Montmartre, los jardines del Palais Royal.
Esta elección tenía un componente técnico —adaptarse a superficies irregulares, gestionar las inclinaciones variables, mantener el dance en condiciones no perfectas— y un componente estético potentísimo: el contraste entre la monumentalidad de París y la libertad del movimiento sobre la tabla creaba imágenes de una belleza visual que los algoritmos de YouTube convertían en viral de forma casi automática.
Los vídeos de Lamaali en las calles de París fueron vistos por decenas de millones de personas, muchas de las cuales nunca habrían buscado activamente contenido de longboard. Para esas personas, Lamaali fue la primera imagen del longboard dance, y esa primera imagen era imposiblemente atractiva: un joven moviéndose con una fluidez casi sobrenatural sobre una tabla, convirtiendo los adoquines parisinos en una pista de baile personal.
El impacto en la comunidad global
El efecto de Lamaali en la comunidad del longboard dance fue doble.
Por un lado, introdujo al deporte a una audiencia masiva y diversa que no tenía por qué venir de la cultura skater: estudiantes de danza que descubrían el longboard como extensión de su práctica, amantes del jazz que encontraban en el vídeo una conexión inesperada entre su música favorita y el movimiento visual, personas sin ninguna relación previa con el deporte que simplemente encontraban los vídeos hermosos.
Por otro, elevó el nivel de las aspiraciones dentro de la propia comunidad. Riders que ya practicaban dance vieron en Lamaali un ideal que superaba lo que habían imaginado posible: no solo hacer los trucos técnicos del dance sino hacer que el dance fuera una forma de arte. Eso cambió la forma en que muchos riders se relacionaban con su práctica, añadiendo una dimensión artística y expresiva que antes muchos ni consideraban.
Las colaboraciones y el mundo de la moda
La visibilidad mediática de Lamaali le abrió puertas en mundos más allá del longboard. Sus colaboraciones con marcas de ropa —especialmente en el ámbito de la moda urbana y del streetwear— situaron el longboard dance en un contexto cultural amplio que incluía la música, la moda y el arte urbano.
Estas colaboraciones no eran solo comerciales sino también culturales: Lamaali aparecía en editoriales de moda, en vídeos musicales de artistas reconocidos y en eventos de cultura urbana que nada tenían que ver con el longboard, llevando el dance a contextos donde nunca había existido.
Este cruce de fronteras culturales fue importante para la percepción pública del longboard dance: de ser visto como una actividad alternativa de nicho pasó a ser percibido como parte de un ecosistema cultural más amplio, con conexiones con la música, la danza, el arte y la moda.
La herencia de Lamaali
El longboard dance que se practica hoy —en competición y en la calle, en Europa y en Asia y en América— lleva la huella de Lamaali de forma indisoluble. No solo en los riders que declaran explícitamente haberle tenido como influencia, sino en la forma en que toda una generación entiende el dance: como algo que puede y debe ir más allá de los trucos técnicos para convertirse en una forma genuina de expresión personal.
Esa es la herencia más difícil de cuantificar y la más importante: haber elevado las aspiraciones del dance, haber demostrado que la tabla no es solo un vehículo de transporte ni un instrumento de competición sino también —cuando alguien la monta como Lamaali— un instrumento de arte.