El bandy es uno de los deportes más espectaculares y técnicamente exigentes del mundo invernal, y sin embargo es también uno de los que más años lleva esperando a las puertas del olimpo deportivo. La historia de las candidaturas olímpicas del bandy es, en muchos sentidos, la historia de un deporte que merece más reconocimiento del que recibe, y de los obstáculos concretos y específicos que se interponen entre ese reconocimiento y la realidad.
El sueño olímpico: una aspiración desde los orígenes
Desde la fundación de la Federación Internacional de Bandy en 1955, la inclusión en los Juegos Olímpicos de Invierno ha sido uno de los objetivos principales de la organización. Los fundadores de la FIB eran conscientes de que el olimpismo era, en el siglo XX, el mayor escaparate posible para cualquier deporte, y que la inclusión olímpica implicaba no solo visibilidad global sino también financiamiento, estructura y legitimidad institucional.
En los primeros años de la FIB, el objetivo olímpico parecía alcanzable. El bandy era un deporte con una base sólida en los países nórdicos y en la URSS, bien organizado, con reglas claras y con competiciones internacionales regulares. No era tan diferente del hockey sobre hielo —ya olímpico desde 1920— en cuanto a características generales, y sus promotores tenían la esperanza de que el COI lo reconociera como una disciplina digna del programa olímpico invernal.
Los obstáculos estructurales
El primer gran obstáculo para la inclusión olímpica del bandy es el que los organismos internacionales denominan «universalidad»: para ser incluido en el programa olímpico, un deporte debe practicarse en al menos 50 países de tres continentes (para el programa de verano) o en 25 países de tres continentes (para el de invierno). El bandy ha tenido históricamente dificultades para cumplir estos criterios, porque su práctica se ha concentrado en un número relativamente pequeño de países europeos y asiáticos.
Aunque la FIB ha trabajado para ampliar la base geográfica del bandy —con programas de desarrollo en Asia, América del Norte y África— el progreso ha sido lento. A principios del siglo XXI, el bandy tiene miembros nacionales en más de 30 países, pero el número de países con una práctica real y un nivel competitivo mínimo es significativamente menor.
El problema de las infraestructuras
El segundo gran obstáculo es logístico: ¿dónde se jugaría el bandy en unos Juegos Olímpicos? Las pistas de bandy de 11 jugadores tienen unas dimensiones equivalentes a un campo de fútbol, y construir o adaptar instalaciones de ese tamaño con superficie de hielo en una ciudad olímpica es una empresa extraordinariamente costosa. Los organizadores olímpicos ya tienen que gestionar decenas de instalaciones deportivas para los múltiples deportes del programa; añadir las enormes pistas de bandy representaría un costo adicional significativo que pocos países anfitriones estarían dispuestos a asumir.
Este problema logístico es uno de los más difíciles de resolver, porque es inherente a las dimensiones del bandy. No se puede simplemente reducir la pista para que quepa en una instalación más pequeña sin cambiar fundamentalmente la naturaleza del juego. La única solución verdaderamente práctica es el Bandy5, que puede disputarse en las mismas instalaciones de hockey sobre hielo que ya forman parte del programa olímpico de invierno.
El Bandy5 como camino olímpico
La candidatura olímpica más realista del bandy en el siglo XXI apunta precisamente al Bandy5. Esta modalidad de 5 jugadores por equipo puede disputarse en pistas de hockey sobre hielo estándar, elimina el problema de las infraestructuras específicas, y tiene una representación geográfica más amplia que el bandy de 11 gracias a que puede practicarse en los países que ya cuentan con instalaciones de hockey.
La FIB ha desarrollado los Campeonatos del Mundo de Bandy5 con este objetivo estratégico en mente: demostrar al COI que existe una versión del bandy que puede integrarse sin dificultades en el programa olímpico de invierno, con reglas claras, competición internacional establecida y una base de practicantes en crecimiento en todos los continentes.
La competencia en el programa olímpico de invierno
Un tercer obstáculo es la competencia dentro del propio programa olímpico de invierno. Los Juegos de Invierno son un evento más compacto y con menos deportes que los de verano, y el COI es muy cuidadoso a la hora de añadir nuevas disciplinas para no sobrecargar el programa. Cada nuevo deporte que entra desplaza a algún otro o compite por los espacios de televisión, patrocinio y atención mediática con los deportes ya establecidos.
Para que el bandy —en cualquiera de sus modalidades— consiga la inclusión olímpica, necesita convencer al COI de que su inclusión enriquece el programa olímpico de forma genuina: que aporta algo que los demás deportes de invierno ya presentes no aportan, que tiene una audiencia potencial significativa y que su organización puede realizarse con los estándares de excelencia que los Juegos Olímpicos exigen. Es un objetivo difícil, pero el bandy tiene argumentos poderosos a su favor: es espectacular, tiene una historia rica, combina elementos de deportes muy populares (fútbol y hockey) y tiene una base de aficionados apasionados en varios países. El sueño olímpico continúa vivo.