Earl Strickland es una de las figuras más complejas y fascinantes del billar americano. Dos veces campeón mundial de 9-ball (1990 y 2002), el jugador de Carolina del Norte combina un talento técnico que muchos expertos sitúan entre los cinco mejores de la historia del pool con un carácter volcánico que le ha generado tanto admiradores como detractores a lo largo de su carrera.
Los orígenes y el talento precoz
Strickland nació en 1961 en Carolina del Norte y aprendió a jugar al billar en los pool halls del estado desde joven. Su talento fue evidente desde el principio: tenía un golpe naturalmente poderoso, una alineación intuitiva y una capacidad de lectura del juego muy superior a la de sus contemporáneos. A finales de los años 80 ya era uno de los mejores jugadores de Estados Unidos.
El primer título mundial (1990)
En 1990, Strickland ganó el Campeonato del Mundo de 9-ball demostrando que era el mejor jugador de pool del momento. Esa victoria le abrió las puertas del circuito internacional y le convirtió en uno de los grandes rivales de los jugadores filipinos que comenzaban a dominar el circuito.
El estilo y la potencia
El juego de Strickland se distingue por una potencia en el break excepcional y un control posicional muy refinado cuando está en su mejor momento. En sus días de mayor consistencia, Strickland puede encadenar series largas de bolas con una fluidez que hace que el juego parezca sencillo. Su capacidad para ejecutar el break con máxima potencia manteniendo cierto control de la posición de la bola blanca fue durante mucho tiempo uno de los mejores del circuito.
El carácter y la controversia
La carrera de Strickland ha estado marcada también por la controversia de su temperamento. El americano es conocido por sus reacciones emocionales sobre la mesa: protestas al árbitro, gestos de disgusto, comentarios a los rivales. Estas actitudes le han ganado sanciones en algunos torneos y una reputación de jugador difícil de manejar. Sus admiradores argumentan que esta intensidad emocional es parte de su carisma; sus críticos ven en ella una limitación para su carrera competitiva.
El segundo título mundial y la longevidad
El segundo título mundial de Strickland, en 2002, fue una demostración de longevidad e inconsistencia simultánea: demostraba que era capaz de jugar al máximo nivel pero que la irregularidad le impedía dominarlo con la constancia de un Efren Reyes. La carrera de Strickland es la historia de un talento extraordinario que no siempre estuvo acompañado de la regularidad necesaria para dominar el circuito durante décadas.