El siglo XXI ha visto nacer decenas de deportes nuevos. Algunos han crecido dentro del sistema federativo olímpico, con el respaldo de instituciones internacionales y presupuestos millonarios. Otros han encontrado su espacio en el ámbito de los deportes extremos o los deportes electrónicos. El bossaball tomó un camino completamente diferente y, en su categoría, no tiene rival en cuanto a velocidad de expansión.
La categoría del sport-entertainment
Para entender el récord del bossaball hay que delimitar la categoría. El sport-entertainment —deportes concebidos como espectáculo de entretenimiento tanto como competición— es un nicho que incluye deportes como el voleibol de playa en su versión más espectacular, el freestyle de fútbol o los eventos de snowboard de halfpipe. Todos comparten la vocación de combinar deporte y show.
En esta categoría, ningún deporte creado en el siglo XXI ha conseguido lo que el bossaball: presencia oficial en más de cincuenta países en menos de veinte años, sin el apoyo de una federación internacional con recursos y sin el impulso de unos Juegos Olímpicos donde ser incluido.
El modelo de expansión sin precedentes
La expansión del bossaball fue posible gracias a un modelo que no había sido utilizado antes de la misma manera. En lugar de intentar entrar en el sistema federativo —un proceso que puede tardar décadas y nunca garantiza el éxito—, Filip Eyckmans optó por el modelo de la empresa deportiva privada: Bossaball International gestionó el deporte como un producto de entretenimiento, buscando socios comerciales en cada nuevo mercado y usando los eventos como principal herramienta de expansión.
Este modelo tiene limitaciones —la falta de estructura federativa impide crear ligas regulares y competiciones con calendarios fijos—, pero tiene también ventajas enormes: la velocidad de expansión, la flexibilidad para adaptarse a cada mercado y la capacidad de estar en cincuenta países sin la burocracia que requiere la expansión federativa convencional.
Una referencia para el deporte del futuro
El caso del bossaball es estudiado en programas de gestión deportiva y marketing deportivo como ejemplo de un modelo de desarrollo que podría ser el futuro de los deportes alternativos. En un mundo donde la atención es el recurso más escaso y donde el entretenimiento compite con el deporte por el tiempo libre de las personas, la fusión que propone el bossaball —hacer que el deporte sea en sí mismo entretenimiento— es una respuesta plausible.
El récord de expansión del bossaball no es solo un dato estadístico: es la demostración de que un deporte puede crecer a escala global con un modelo completamente diferente al que el siglo XX enseñó que era el único posible. Ese es, quizás, su aportación más duradera al mundo del deporte.