En la historia de los Juegos Olímpicos, pocos atletas han logrado mantener un rendimiento de élite durante tres décadas. Aladár Gerevich no solo lo logró: lo hizo en la esgrima, un deporte que exige una combinación de velocidad de reflejos, precisión técnica y fortaleza mental que rara vez se sostiene mucho más allá de los treinta años. Sus 10 medallas olímpicas en seis ediciones de los Juegos, entre 1932 y 1960, son uno de los récords más extraordinarios de toda la historia olímpica.
El húngaro que desafió el tiempo
Aladár Gerevich nació en 1910 en Jászberény, Hungría, y comenzó a practicar esgrima desde muy joven en un país con una tradición centenaria en el deporte. Hungría, especialmente en las modalidades de sable, era entonces —y lo sería durante décadas— la nación más dominante del mundo en esgrima.
Su primer título olímpico llegó en Los Ángeles 1932, cuando tenía 22 años. Nadie podía imaginar entonces que ese sería solo el comienzo de una carrera que se extendería durante casi treinta años más.
Los Juegos de Berlín 1936 y la confirmación
En Berlín 1936, Gerevich confirmó su nivel añadiendo más medallas a su colección. Estaba claro para entonces que no era un campeón de circunstancias sino un atleta con unas cualidades excepcionales para la esgrima de sable: reflejos extraordinariamente rápidos, una técnica de ataque y defensa muy variada, y una capacidad de concentración en los momentos decisivos que sus rivales encontraban difícil de igualar.
La interrupción de los Juegos por la Segunda Guerra Mundial fue un paréntesis en su carrera pero no su fin. En 1948, ya con 38 años, Gerevich volvió a los Juegos Olímpicos de Londres y siguió ganando medallas.
La hazaña de los seis Juegos
Lo que hace único a Gerevich es su participación exitosa en seis ediciones olímpicas: 1932, 1936, 1948, 1952, 1956 y 1960. La última de ellas tuvo lugar en Roma, cuando Gerevich tenía 50 años. Ganar una medalla olímpica a los 50 años en un deporte de combate de alta intensidad es algo que simplemente no tiene parangón en la historia olímpica moderna.
Su participación en los Juegos de 1960 fue posible en parte gracias a la especificidad de la esgrima por equipos: la sabiduría táctica y la experiencia pueden compensar algunos aspectos de la decadencia física a edades avanzadas. Pero sería injusto atribuir su longevidad solo a la modalidad de equipos: Gerevich siguió siendo un esgrimista de primerísimo nivel técnico hasta el final de su carrera.
El legado en la esgrima húngara y mundial
Hungría fue durante décadas la gran potencia del sable olímpico, y Aladár Gerevich fue la figura central de esa tradición. Su palmarés individual es inseparable del de su generación: los esgrimistas húngaros de sable de los años 30, 40 y 50 formaban un colectivo de una calidad excepcional que Gerevich lideraba.
Sus 10 medallas olímpicas siguen siendo el récord para un esgrimista en la historia olímpica y uno de los más extraordinarios en el deporte individual. La longevidad de Gerevich no fue accidente: fue el resultado de una dedicación total a la excelencia técnica en un deporte que, bien practicado, puede mantenerse a altísimo nivel durante muchos años.