El camino del footvolley desde las partidas informales de Copacabana hasta los torneos profesionales con patrocinadores y cobertura televisiva es la historia de un deporte que creció desde abajo, sin la ayuda de grandes instituciones deportivas, impulsado únicamente por el talento de sus jugadores y el amor de su público.
Los primeros pasos hacia la organización
Durante los años 70 y 80, el footvolley era un deporte totalmente amateur. Los torneos que se organizaban eran eventos locales sin premios económicos significativos. Los jugadores participaban por amor al deporte, por competitividad y por la gloria informal de ser reconocidos como los mejores de la playa.
Sin embargo, a medida que el nivel técnico de los mejores jugadores fue creciendo, quedó claro que el footvolley tenía potencial para convertirse en algo más. Los espectáculos que los mejores jugadores ofrecían en la arena de Copacabana podían reunir cientos de espectadores. El deporte tenía magia, y esa magia podía atraer audiencias y patrocinadores.
El primer circuito organizado
La organización del footvolley como competición formal comenzó a estructurarse en los años 90, cuando se establecieron los primeros circuitos con reglas uniformes, inscripciones oficiales y premios. El proceso fue gradual y no exento de tensiones: había debates sobre las reglas (altura de la red, número de toques, puntuación), sobre el formato de los torneos y sobre cómo equilibrar la tradición informal del deporte con las necesidades de la competición organizada.
El Circuito Banco do Brasil de Futevôlei, uno de los primeros grandes circuitos con patrocinio corporativo, marcó un antes y un después. La presencia de un gran banco estatal como patrocinador principal legitimó el deporte, aportó recursos económicos significativos y permitió que los mejores jugadores recibieran una compensación económica por su participación.
El papel de los futbolistas famosos
Uno de los factores que más contribuyó a la visibilidad del footvolley fue la afición de varios jugadores de fútbol profesional por este deporte. En Brasil, donde el fútbol es religión, ver a figuras conocidas del balompié practicando footvolley en la playa era una noticia que los medios cubrían con entusiasmo.
Romario, el legendario delantero brasileño, fue uno de los más conocidos aficionados al footvolley. Su nivel era el de un jugador avanzado, y se le pudo ver en varias ocasiones compitiendo en torneos de playa. Ronaldinho también mostró en múltiples ocasiones su habilidad con el footvolley, y los videos de sus sesiones en la playa se convirtieron en virales mucho antes de que esa palabra existiera en el sentido actual.
Esta conexión con el fútbol profesional fue un arma de doble filo: por un lado, aportó visibilidad y legitimidad; por otro, a veces eclipsaba a los verdaderos especialistas del footvolley, jugadores que habían dedicado toda su vida al deporte de playa pero eran menos conocidos que cualquier futbolista de segunda división.
La economía del footvolley profesional
A principios de los años 2000, los mejores jugadores del circuito brasileño podían aspirar a vivir del footvolley. La ecuación económica combinaba varios elementos:
- Premios en torneos: los circuitos más importantes ofrecían premios en metálico que podían llegar a decenas de miles de dólares para los campeones
- Contratos de patrocinio: marcas deportivas (especialmente las especializadas en material de playa y fútbol) firmaban contratos con los mejores jugadores
- Academias y clases: los jugadores conocidos impartían clases a aficionados, creando una fuente de ingresos complementaria
- Apariciones y eventos: las marcas pagaban a los jugadores de footvolley por aparecer en eventos corporativos y sesiones de fotos
Este modelo económico, modesto comparado con el del fútbol profesional pero suficiente para vivir con dignidad, se consolidó a lo largo de los años 2000 y permitió que el footvolley tuviera una élite de jugadores que podían dedicar todo su tiempo al entrenamiento y la competición.
La internacionalización como siguiente paso
La profesionalización del footvolley en Brasil fue el trampolín desde el que el deporte saltó al ámbito internacional. Con reglas codificadas, circuitos organizados y jugadores de nivel mundial claramente identificables, el footvolley tenía todo lo necesario para exportarse. Portugal, Europa y el mundo entero comenzaron a conocer el deporte de las playas de Copacabana.