Hay pocos deportes en el mundo cuyo origen sea tan definido, tan humano y tan claramente vinculado a un lugar específico como el footvolley. Nació en una playa, por necesidad, y creció hasta convertirse en el símbolo más auténtico de la cultura playera brasileña.
Copacabana, el caldo de cultivo perfecto
En los años 60, la playa de Copacabana en Río de Janeiro era ya uno de los lugares más vibrantes del mundo. Miles de personas la frecuentaban cada día: turistas, artistas, intelectuales, deportistas y, sobre todo, los cariocas de todos los barrios que hacían de la playa su sala de estar.
Entre esos frecuentadores habituales había un grupo nutrido de jugadores de fútbol: no jugadores profesionales, sino aficionados que encontraban en la arena de Copacabana el espacio perfecto para jugar partidos informales. El fútbol playa llevaba décadas siendo parte de la identidad de Copacabana, y había jugadores notablemente hábiles que hacían de esos partidos un espectáculo en sí mismo.
La prohibición que lo cambió todo
En 1965, las autoridades municipales de Río de Janeiro tomaron una decisión que cambiaría para siempre la historia de los deportes de playa: prohibieron jugar al fútbol en la arena de Copacabana. La razón oficial era proteger a los bañistas de los balones que ocasionalmente golpeaban a personas ajenas al juego y del espacio que los partidos de fútbol ocupaban en la playa.
Para los jugadores habituales de Copacabana, la prohibición fue un golpe duro. La arena de la playa era su estadio, su lugar de encuentro, su forma de vida. Pero en lugar de rendirse, buscaron una solución ingeniosa.
El nacimiento de una nueva disciplina
La solución vino de las redes de voleibol de playa que estaban instaladas permanentemente en Copacabana. El voleibol de playa era ya un deporte popular en Brasil, y sus redes formaban parte del paisaje habitual de la playa.
Alguien, en algún momento de 1965 (la tradición oral señala que pudo ser varios jugadores de forma simultánea en diferentes puntos de la playa), tuvo la idea de jugar con el balón de fútbol pero usando las reglas del voleibol de playa: dos equipos separados por una red, sin dejar caer el balón al suelo, con la diferencia fundamental de que no se podían usar las manos. El resultado fue inmediato: el nuevo juego era divertido, técnicamente exigente, visualmente espectacular y accesible para cualquiera que supiera manejar mínimamente un balón con el pie.
Los primeros años en la arena
El nuevo deporte, que los brasileños llamaron desde el principio “futevôlei” (fusión de “futebol” y “vôlei”), creció orgánicamente en las playas de Río. No hubo un proceso formal de codificación de reglas en los primeros años; cada grupo de jugadores establecía sus propias normas, que eran esencialmente las del voleibol de playa adaptadas a los pies.
La comunidad de jugadores de Copacabana fue estableciendo poco a poco las convenciones que acabarían convirtiéndose en las reglas oficiales: tres toques máximo por equipo, ningún jugador puede tocar el balón dos veces seguidas, la red tiene una altura determinada, y los sets se juegan a 18 puntos.
El papel de Betinho
Entre los primeros impulsores del footvolley, el nombre de Octavio de Moraes, apodado “Betinho”, es el más recordado. Betinho no solo fue uno de los mejores jugadores de los primeros años del deporte en Copacabana, sino que también fue un organizador activo: promovió los primeros torneos, ayudó a establecer las reglas comunes y fue el principal responsable de que el footvolley adquiriera una estructura mínima que lo convirtiera en algo más que un juego informal.
Su legado es tan importante que muchos lo consideran el padre espiritual del footvolley, aunque sea más correcto decir que fue su primer gran embajador. El deporte tiene un origen colectivo, pero Betinho le dio forma, organización y visibilidad.