El problema que resolvió Ceriani: jugar cuando llueve
A finales de los años 1920 y principios de los 1930, las ciudades latinoamericanas experimentaban un boom de popularidad del fútbol. En Montevideo, capital de Uruguay —el país que acababa de ganar el primer Campeonato del Mundo de Fútbol en 1930—, los jóvenes querían jugar al fútbol en cualquier circunstancia, incluso cuando el mal tiempo hacía impracticables los campos de tierra. Los gimnasios cubiertos, especialmente los de la YMCA (Asociación Cristiana de Jóvenes), eran el único espacio disponible en esos días.
El problema era que los gimnasios de la YMCA estaban diseñados para el baloncesto: tenían pistas de madera o cemento del tamaño de una cancha de básquet (aproximadamente 28 × 15 metros), rodeadas de paredes. El fútbol estándar, con once jugadores por equipo en un campo de más de 7.000 metros cuadrados, era imposible en ese espacio.
El profesor uruguayo de educación física Juan Carlos Ceriani Gravier encontró la solución. En 1930, en la sede de la YMCA de Montevideo, Ceriani diseñó un juego de fútbol adaptado a las dimensiones de la cancha de baloncesto: cinco jugadores por equipo (en referencia al balonmano y el basketball), portería más pequeña, y un balón especialmente modificado para que rebotara menos y no se escapara constantemente fuera de los límites del espacio reducido.
Las primeras reglas: la combinación de cinco deportes
Ceriani no creó el fútbol sala de la nada: lo construyó combinando elementos de cinco deportes existentes:
- Del fútbol: las reglas básicas del juego, el portero, los goles como forma de puntuación.
- Del baloncesto: las dimensiones de la pista, el número de jugadores, el concepto de tiempo reglamentario.
- Del balonmano: el tamaño y características del balón, las reglas de juego de portero.
- Del hockey sobre hielo: la posición de portero y algunas reglas de saque.
- Del waterpolo: el sistema de gestión de faltas y el cronómetro.
Ceriani publicó en 1933 el primer reglamento oficial del deporte, que en Brasil se publicó adaptado en 1936 bajo el impulso de figuras como Habib Maphuz y Luis Gonzaga de Oliveira Fernandes. Esta versión brasileña del reglamento fue la que más circuló en América Latina en las décadas siguientes.
La YMCA fue la red de difusión fundamental del nuevo deporte: con presencia en toda América Latina, sus instalaciones y sus programas deportivos permitieron que el fútbol sala se extendiera rápidamente por Argentina, Brasil, Paraguay, Perú y Chile durante los años 1940.
Brasil y la disputa por la paternidad
La historia del fútbol sala no está exenta de controversia sobre su origen exacto. Brasil ha reivindicado en distintos momentos haber desarrollado el futsal de forma independiente, citando la experiencia de los patios escolares paulistanos y los gimnasios cubiertos de São Paulo durante los años 1930.
La versión brasileña señala que, de forma paralela a Ceriani en Montevideo, en São Paulo se practicaba un juego similar impulsado por los clubes de inmigrantes europeos. La Associação Cristã de Moços (ACM) de São Paulo —filial brasileña de la YMCA— fue también un centro de desarrollo del nuevo deporte.
Lo que es indiscutible es que Brasil fue el país donde el fútbol sala alcanzó mayor arraigo popular y sofisticación táctica. La raza, la habilidad técnica y la creatividad que caracterizan el fútbol callejero brasileño encontraron en los espacios reducidos del fútbol sala su mejor expresión. No es casualidad que Brasil sea el país que más talento exporta al fútbol sala mundial y que más títulos mundiales acumula.
La expansión por América Latina y los primeros campeonatos
Durante los años 1940 y 1950, el fútbol sala se extendió por toda América del Sur. En 1951 se fundó en Paraguay la Federación Sudamericana de Fútbol de Salón (FUSFA), que organizó los primeros torneos oficiales a nivel continental. El primer Campeonato Sudamericano se disputó en 1954 en São Paulo.
La diversidad de reglamentos era un problema persistente: distintos países aplicaban variaciones en el tamaño de la pista, el número de jugadores, las reglas de faltas y la especificaciones del balón. Esta dispersión reglamentaria dificultaba los torneos internacionales y sería el principal obstáculo para la unificación bajo un organismo mundial durante décadas.
En España, el fútbol sala comenzó a practicarse en los años 1950 en los patios de los colegios, impulsado por los Hermanos Maristas y otros institutos religiosos que veían en el nuevo juego una actividad deportiva ideal para espacios interiores. La tradición española del fútbol sala hunde sus raíces en esa práctica escolar, y décadas más tarde España se convertiría en la primera potencia mundial del deporte.