Diego Armando Maradona nació el 30 de octubre de 1960 en Lanús, Buenos Aires. Creció en Villa Fiorito, uno de los barrios más pobres del Gran Buenos Aires, y desde los pies de ese niño descalzo en los potreros porteños emanó un talento que el fútbol nunca ha visto antes ni después con las mismas características: imprevisible, genial, desequilibrante hasta la extravagancia, capaz de cambiar un partido o un partido del mundo con una sola jugada.
Los inicios en Buenos Aires y el ascenso al estrellato
Maradona comenzó a jugar al fútbol en los potreros de Villa Fiorito y fue descubierto con nueve años por Francisco Cornejo, quien lo integró en Los Cebollitas, el equipo infantil de los Argentinos Juniors. Con once años era ya conocido en Buenos Aires por sus exhibiciones en los descansos de los partidos de primera división, y debutó en el primer equipo de Argentinos Juniors con quince años.
Su debut con la selección argentina llegó también con quince años, en un amistoso en 1977. Sin embargo, la frustración más grande de su carrera temprana fue la exclusión del Mundial de Argentina 1978, cuando César Luis Menotti decidió no incluirlo en la lista final por considerarlo demasiado joven. Argentina ganó ese Mundial sin él.
Con Boca Juniors, donde jugó en 1981-82, ganó su primer título en Argentina. Luego llegó el FC Barcelona, donde estuvo dos temporadas marcadas por lesiones graves y conflictos, y finalmente el Nápoles en 1984.
Nápoles y la redención del sur de Italia
El fichaje de Maradona por el Nápoles en 1984 fue el más caro de la historia del fútbol hasta ese momento. Durante siete años, el argentino convirtió al modesto club del sur de Italia en el mejor equipo del país: dos títulos de la Serie A (1987 y 1990), una Copa de Italia, una Supercopa y la Copa UEFA de 1989. Para Nápoles y para el sur de Italia, aquel período fue una revancha histórica contra el norte rico y poderoso del país. Maradona era para los napolitanos mucho más que un futbolista: era el símbolo de su dignidad y de su capacidad de ser los mejores.
El Mundial de 1986: el partido de su vida
El Mundial de México 1986 es la actuación individual más brillante de un jugador en la historia del torneo. Maradona fue, sin ninguna exageración, el mejor jugador en cada partido que disputó Argentina. Pero el cuarto de final ante Inglaterra fue la cumbre de todas las cumbres.
En ese partido marcó dos goles que resumen los dos extremos del genio y de la picaresca que convivían en Maradona. El primero, la famosa “mano de Dios”, fue marcado con la mano izquierda. El segundo, elegido el mejor gol del siglo XX por los aficionados de la FIFA, fue el producto de una carrera de más de sesenta metros, sorteando cinco defensores y al portero, en diez segundos de fútbol que no tienen equivalente en la historia del deporte. Argentina ganó el Mundial en la final ante Alemania.
Estilo de juego: el dribbling como arte mayor
Maradona era zurdo, bajito (1,65 metros) y con un centro de gravedad tan bajo que los defensas que intentaban quitarle el balón se encontraban con que era casi imposible hacerle perder el equilibrio. Su control del balón era absoluto y su capacidad de cambiar de dirección a alta velocidad, sin perder ni un milímetro de control, era algo que los defensores de cualquier nivel sabían que no podían resolver.
Su zurda era un instrumento extraordinario. No solo era eficaz: era bella. Sus pases, sus regates, sus goles tenían una calidad estética que situaba el fútbol en la categoría del arte. Los aficionados que lo vieron en directo coinciden en que producía en el estadio una sensación de privilegio y de expectativa permanente que ningún otro jugador ha generado de manera comparable.
El legado contradictorio
Maradona fue también un hombre contradictorio, marcado por la adicción a las drogas y al alcohol, por la suspensión en el Mundial de 1994, por polémicas políticas y personales que complicaban su imagen. Pero esas contradicciones forman parte de su figura sin reducirla: en el campo fue el mejor, y en ese espacio todo lo demás se suspendía.
Maradona falleció el 25 de noviembre de 2020 de un paro cardíaco. Argentina, Nápoles y el fútbol mundial lloraron la pérdida de su figura más genial e irrepetible.