Ronaldo de Assis Moreira nació el 21 de marzo de 1980 en Porto Alegre, Río Grande do Sul. El mundo lo conoció como Ronaldinho, y bajo ese nombre se convirtió en el sinónimo perfecto de la alegría del fútbol: un jugador que sonreía mientras jugaba, que inventaba en cada jugada y que hacía que los aficionados, incluso los del equipo contrario, aplaudieran sus actuaciones. En el Santiago Bernabéu, en un partido en que el Madrid fue derrotado por el Barcelona, el público madridista le rindió una ovación espontánea después de un gol extraordinario, el único caso conocido en que un rival es aplaudido en ese estadio.
Los inicios en Porto Alegre y el despegue en Europa
Ronaldinho se formó en el Grêmio de Porto Alegre y ganó el Mundial sub-17 con Brasil en 1997. Pasó por el PSG antes de fichar por el FC Barcelona en 2003, donde comenzó el período más brillante de su carrera. El Barcelona que había conocido los títulos con el Dream Team de Cruyff llevaba años sin ganar la Liga, y Ronaldinho fue el motor de la recuperación.
Sus dos primeras temporadas en el Barcelona fueron de una calidad técnica que pocos jugadores han mostrado en la historia del fútbol. Sus goles, sus asistencias y, sobre todo, la manera en que jugaba —con una creatividad y una alegría que contagiaba a todo el equipo— transformaron al club catalán en el mejor equipo del mundo.
Los dos Balones de Oro y la Liga de Campeones
En 2004 ganó el Balón de Oro, reconocimiento a una temporada de fútbol excepcional. En 2005 repitió el premio, algo que solo habían conseguido jugadores como Platini, Van Basten y Ronaldo Nazário en la era moderna. Sus actuaciones en la Liga de Campeones de 2005-06, que el Barcelona ganó, incluyeron algunos de los partidos más brillantes de su carrera.
En esa Liga de Campeones, en la final ante Arsenal, Ronaldinho fue el motor del equipo a pesar de no marcar directamente. Su capacidad de crear espacios y de superar a los defensores con regates y fintas creó las situaciones que acabaron en los goles del triunfo.
El estilo: creatividad y espectáculo como principios
Ronaldinho practicaba un fútbol que tenía más de improvisación jazzística que de plan predefinido. Sus regates —el elástico, el sombrerito, las fintas de doble toque— eran el producto de una inventiva que ningún defensor podía anticipar. Su zurda era mágica y su capacidad de conectar con los compañeros en posiciones imposibles a través de asistencias de pared o pases en profundidad era única.
Lo que más lo distinguía era la alegría con que jugaba. Ronaldinho nunca parecía tenso ni presionado en el campo; parecía que jugaba por placer, y ese placer lo transmitía a todo el estadio. Los aficionados que lo vieron en directo coinciden en que asistir a sus actuaciones producía una felicidad poco común en el espectáculo deportivo.
La carrera post-Barcelona y el legado
Tras su etapa en el Barcelona, cuyo rendimiento decayó después de 2006 por razones que él mismo ha atribuido a factores extrafutbolísticos, Ronaldinho volvió a Brasil con el Flamengo y el Atlético Mineiro, donde siguió brillando a nivel individual aunque sin los títulos europeos de sus mejores años.
Su legado es el del jugador que demostró que el fútbol puede ser al mismo tiempo el deporte más popular del mundo y una expresión artística de primer nivel. Para los aficionados que lo vieron, Ronaldinho representa la versión más pura y más alegre del fútbol.