El cabezazo es una de las habilidades más temidas por los jugadores que empiezan, pero con una técnica correcta se convierte en un recurso poderoso tanto para atacar como para defender. La clave está en golpear el balón, no en que el balón te golpee a ti.
La zona de contacto siempre debe ser la frente, justo encima de las cejas. Es la parte más resistente y plana del cráneo. Nunca cabecees con la coronilla ni con la parte lateral de la cabeza. Los ojos deben estar abiertos y enfocados en el balón en todo momento: el reflejo de cerrar los ojos es lo que provoca la mayoría de los malos cabezazos. Oblígate a ver el momento exacto del impacto.
El movimiento que genera potencia no viene solo del salto, sino del empuje del tronco. Antes de golpear, echa ligeramente el tronco hacia atrás (arquea la espalda) y en el momento del contacto, lanza el cuerpo hacia adelante con fuerza, como si quisieras hundir la frente en el balón. El cuello debe estar tenso en el impacto: si está relajado, la cabeza cede y el golpeo pierde dirección y potencia. Los brazos ayudan al equilibrio y a ganar altura en el salto.
Para los cabezazos en salto, la coordinación es fundamental: salta en el momento justo en que el balón llega a tu altura máxima, no antes ni después. Practica primero con un compañero que te lanza el balón suavemente desde cerca, de pie, sin saltar. Cuando el gesto esté automatizado, incorpora el salto. Para los cabezazos defensivos —despejes— el objetivo es enviar el balón lejos y alto; para los remates, quieres dirigirlo hacia abajo y a un lado de la portería.
Empieza con el balón ligeramente deshinchado para reducir el impacto y ganar confianza. Diez repeticiones bien hechas valen más que cincuenta mal ejecutadas.