En los últimos días de enero de 1925, la ciudad de Nome, Alaska, enfrentaba una amenaza invisible y letal. El médico Curtis Welch había diagnosticado los primeros casos de difteria, una enfermedad bacteriana que ataca las vías respiratorias y que sin tratamiento puede ser mortal, especialmente en niños. Nome tenía una población de unas 1.400 personas, muchas de ellas niños nativos sin inmunidad previa. Y la ciudad no tenía suficiente antitoxina para tratar la epidemia que se avecinaba.
Una ciudad aislada en el invierno
El problema no era solo médico: era logístico. Nome está situada en la costa del mar de Bering, en el extremo occidental de Alaska, a cientos de kilómetros de cualquier otra ciudad significativa. En enero de 1925, el puerto estaba bloqueado por el hielo y la navegación era imposible. Los únicos aviones disponibles en Alaska en aquella época eran biplanos descubiertos que no podían operar a las temperaturas de -40 °C del invierno ártico de aquel año.
La antitoxina necesaria estaba en Anchorage. El ferrocarril podía llevarla hasta Nenana, en el interior de Alaska, pero desde allí los casi 1.100 km hasta Nome no tenían más opción que las rutas que durante décadas habían recorrido los trineos de perros. El gobernador de Alaska organizó el relevo en pocas horas: se contactó a los mejores mushers del interior y se estableció una cadena de relevos que cubría todo el trayecto.
Los veinte mushers y el relevo
Veinte mushers participaron en el Serum Run, cada uno responsable de un tramo del recorrido. Los primeros mushers salieron de Nenana el 27 de enero en condiciones relativamente manejables. Pero a medida que el relevo avanzaba hacia la costa, las condiciones empeoraron dramáticamente. Una ventisca ártica barrió el recorrido, reduciendo la visibilidad a metros y bajando las temperaturas hasta registros que hacían el trabajo casi imposible.
El tramo más heroico fue el de Leonhard Seppala, el musher más experimentado de Alaska, que recorrió más de 200 km —el tramo más largo del relevo— incluyendo el cruce de la bahía de Norton Sound, una extensión de mar helado donde el hielo podía romperse en cualquier momento. Seppala cruzó la bahía de noche, guiado principalmente por la confianza en su perro líder Togo, que conocía el terreno como pocos animales.
La llegada: Kaasen y Balto
El último tramo del Serum Run fue cubierto por Gunnar Kaasen, un musher norruego-americano que tomó el relevo de Charlie Olson en Blwarf. Las condiciones en ese tramo eran las peores de toda la carrera: ventisca total, visibilidad nula, temperatura de -40 °C. Kaasen admitió después que en varios momentos del trayecto no podía ver nada: ni la pista, ni los perros que tenía delante, ni el horizonte. Era su perro líder Balto quien llevaba al equipo.
A las 5:30 de la madrugada del 2 de febrero de 1925, Gunnar Kaasen y Balto llegaron a Nome con la antitoxina. Kaasen, agotado, se arrodilló junto a Balto y dijo: «Ningún hombre de verdad podría haber hecho lo que este perro hizo esta noche.»
La antitoxina fue administrada de inmediato. La epidemia fue controlada. El Serum Run se convirtió en uno de los episodios más extraordinarios de la historia americana, y el trineo de perros quedó grabado para siempre en la memoria colectiva como el vehículo que salvó una ciudad.