El 22 de octubre de 1797, en el Parc Monceau de París, tuvo lugar uno de los momentos más audaces de la historia del vuelo humano. André-Jacques Garnerin, un joven aeronauta francés, ascendió en un globo aerostático hasta una altitud de unos 900 metros y entonces, simplemente, se lanzó al vacío. Debajo de él, una estructura cónica de seda —su paracaídas— se desplegó y comenzó el primer descenso documentado de un ser humano suspendido de un paracaídas.
El contexto: la era de los globos
A finales del siglo XVIII, la aviación era sinónimo de globos aerostáticos. Desde que los hermanos Montgolfier realizaron el primer vuelo tripulado en 1783, los globos habían capturado la imaginación de Europa. Los aeronautas competían por altitudes récord, distancias y exhibiciones públicas que congregaban a miles de espectadores.
Garnerin, nacido en 1769 en París, había comenzado su carrera como oficial y luego como prisionero de guerra —capturado por los austriacos en 1793— y había pasado tres años encerrado en una fortaleza húngara donde, según la leyenda, soñó con un dispositivo que le permitiera escapar saltando desde las murallas. Real o no, la historia ilustra perfectamente la motivación que llevó a Garnerin a convertirse en el inventor del paracaídas práctico.
El diseño del paracaídas
El paracaídas de Garnerin era radicalmente diferente a los modernos. Era una estructura cónica —parecida a un enorme paraguas— hecha de seda con unas varillas que partían del centro, similar a las varillas de un paraguas convencional. La persona iba en una pequeña cesta o barquilla colgada del vértice inferior del cono.
El dispositivo no tenía ningún orificio de ventilación en la parte superior del domo, lo que resultó en un descenso tremendamente inestable: el paracaídas oscilaba violentamente de lado a lado durante el descenso, con Garnerin a bordo. Según los testigos, el aeronauta llegó al suelo con notable agitación pero sin heridas graves.
Las consecuencias del salto
El salto de Garnerin fue un éxito sensacional. Repitió la hazaña varias veces en los años siguientes, incluyendo un salto desde 2.400 metros en 1802 en Londres que fue presenciado por una multitud enorme. Su esposa Jeanne Geneviève y su sobrina Élisa también realizaron saltos, convirtiéndose en las primeras mujeres en la historia del paracaidismo.
Fue el astrónomo Jérôme Lalande quien, observando las oscilaciones del paracaídas, sugirió añadir un orificio circular en el centro del domo para permitir el escape del aire y estabilizar el descenso. Garnerin adoptó la idea, y este principio —el orificio de ventilación— sigue siendo fundamental en el diseño de los paracaídas circulares de emergencia y precisión actuales.
De 1797 al paracaidismo moderno
Desde el salto de Garnerin hasta los primeros paracaídas de mochila —que los paracaidistas podían llevar consigo y activar ellos mismos— transcurrió más de un siglo. El paracaídas plegable y portátil fue desarrollado a principios del siglo XX, precisamente cuando la aviación con motor empezaba a requerir un sistema de emergencia para los pilotos. La transición del paracaídas como herramienta de espectáculo al paracaídas como equipo de supervivencia y eventualmente de deporte tomó décadas, pero todo comenzó aquella tarde de octubre de 1797 sobre los jardines de Monceau.