Ramón Olazábal Lopetegui nació en Azpeitia, Guipúzcoa, en 1904. El mundo lo conoce como Atano III, el tercero de una saga de pelotaris de leyenda nacidos en la misma familia vasca. En sus más de tres décadas de carrera activa, Atano III elevó la pelota a mano a cotas que ningún pelotari anterior había alcanzado y que muy pocos han igualado después. Es el Pelé de la pelota vasca: el símbolo absoluto de un deporte que encontró en él su expresión más perfecta.
Los orígenes: la saga Atano
El apodo “Atano” tiene sus raíces en la localidad guipuzcoana de Ataun, lugar de origen de la familia Olazábal. El Atano I fue el primero de la saga en destacar en los frontones, seguido por el Atano II. Cuando el joven Ramón comenzó a jugar, la tradición familiar hacía inevitable el tercer número.
Crecer en una familia con esa tradición pelotazal fue determinante. Desde muy joven, Ramón tuvo acceso a los mejores consejos técnicos y a un ambiente que valoraba extraordinariamente la excelencia en el frontón. Sus primeros años de formación transcurrieron en los frontones de Guipúzcoa, donde pronto quedó claro que el talento del tercer Atano superaba al de sus predecesores.
El dominio absoluto de los frontones
Durante las décadas de 1930 y 1940, Atano III dominó la pelota a mano con una hegemonía que no tiene paralelo en la historia del deporte. Ganó los campeonatos de España, Francia y Argentina prácticamente a su voluntad, lo que le valió el título extraoficial de “campeón del mundo” antes de que existiera una competición mundial oficial.
Esta triple corona internacional era, en el contexto de la pelota vasca de la época, el equivalente a ganar los Juegos Olímpicos: los mejores pelotaris del mundo competían en España, Francia y en los frontones americanos donde la diáspora vasca había creado una escena pelotazal de alto nivel. Atano III los venció a todos.
El estilo de juego: técnica y potencia
Lo que hacía especial a Atano III no era solo la potencia de su golpe, aunque su mano era devastadora. Era la combinación de potencia con una técnica suprema y una inteligencia táctica que le permitía colocar la pelota exactamente donde el rival menos la esperaba.
Su dominio del saque era legendario: podía variar la longitud, el ángulo y la altura del bote con una precisión que dejaba a sus rivales sin opción de prepararse. En los intercambios largos, su resistencia física y su capacidad para mantener la concentración eran superiores a las de cualquiera de sus contemporáneos.
Los aficionados de la época describían la sensación de ver jugar a Atano III como la de presenciar algo que parecía inevitable: el rival nunca sabía dónde iba a ir la pelota, pero el espectador tampoco, y sin embargo el resultado siempre parecía ejecutado con la precisión de un maestro que ya conocía el desenlace.
El Campeonato del Mundo de 1952
Cuando la FIPV organizó el primer Campeonato del Mundo oficial en 1952 en San Sebastián, Atano III ya tenía casi cincuenta años. Era la última gran cita de su carrera, el momento en que la leyenda de una vida en el frontón se encontraba con el primer reconocimiento formal de la excelencia mundial.
España, con Atano III como estandarte, se impuso en las modalidades de mano y consolidó su hegemonía en el primer campeonato. Para Atano III, aquella competición fue la confirmación oficial de algo que el mundo pelotazal ya sabía desde hacía décadas: que era el mejor de su generación y uno de los mejores de la historia.
El legado: un nombre que sobrevive a la persona
Atano III falleció en 1994, noventa años después de nacer. Su legado vive en muchos niveles. El Frontón Atano III de San Sebastián lleva su nombre como homenaje permanente a la figura más grande que dio la ciudad al frontón. Los jóvenes pelotaris conocen su historia desde que empiezan a entrenar, y su nombre es la referencia de la excelencia en la mano.
El Torneo de Navidad de Atano III, que se celebra en el frontón donostiarra que lleva su nombre, es uno de los partidos de exhibición más esperados del año en el mundo pelotazal vasco y navarro. Que un torneo siga usando su nombre décadas después de su muerte es la mejor medida de la dimensión de su leyenda.