Hay figuras en el deporte que trascienden su tiempo y se convierten en símbolos de una época. José Iranzo, conocido para siempre como Peret, es esa figura para la pelota valenciana del siglo XX. Durante las décadas centrales del pasado siglo, Peret dominó el trinquet con una autoridad que pocos pilotaris han alcanzado antes o después, y su nombre sigue siendo invocado hoy cuando los aficionados quieren hablar del máximo nivel al que puede llegar un pilotari.
Los orígenes de una leyenda
José Iranzo creció en la Comunitat Valenciana en una época en que la pelota valenciana era el deporte popular por excelencia en muchos municipios. El trinquet era el corazón de la vida social de su comunidad, y el joven Iranzo creció con la pelota como parte natural de su mundo. Desde muy joven mostró unas condiciones que llamaban la atención: una mano poderosa, una capacidad de anticipación excepcional y una presencia en el campo que hacía que todos los ojos se centraran en él.
Su apodo, Peret —diminutivo valenciano de Pere, Pedro en castellano— era ya el nombre con el que todo el mundo lo conocía antes de llegar al profesionalismo. Era el tipo de apodo que se da por cariño y por reconocimiento a alguien que ya es especial, y que acaba siendo más conocido que el nombre propio.
El dominio del trinquet
En el trinquet, Peret era un jugador diferente. Su golpeo combinaba una potencia natural con una técnica depurada que le permitía colocar la pelota exactamente donde quería, a la velocidad que quería. Sus saques desde el dau eran temidos por todos los restos del circuito, y su capacidad de restar desde posiciones difíciles era igualmente admirable.
Pero lo que más distinguía a Peret era algo más difícil de definir: una naturalidad, una facilidad aparente para hacer las cosas más difíciles que dejaba al público con la sensación de estar viendo algo excepcional. Los aficionados más veteranos que lo vieron jugar describen su juego con el mismo tipo de palabras que se usan para los grandes artistas: gracia, elegancia, arte. Peret no solo ganaba: jugaba de una forma que hacía que el trinquet fuera un espacio de belleza.
Los años de gloria
Los años centrales de la carrera de Peret fueron el período de mayor dominio individual que se recuerda en la pelota valenciana del siglo XX. Sus victorias en los grandes partidos, sus actuaciones en las finales de los campeonatos más importantes y su capacidad de generar expectación allá donde jugaba lo convirtieron en el nombre más importante del deporte durante años.
Los grandes partidos de Peret eran eventos que llenaban los trinquets y que se comentaban durante semanas. En una época sin televisión ni internet, la fama de Peret se transmitía de boca en boca, de municipio en municipio, construyendo una reputación que era mucho mayor que cualquier cosa que los medios modernos pudieran generar.
El legado de Peret
Cuando Peret se retiró, dejó un vacío en el trinquet que tardó en llenarse. Pero su legado no estaba solo en los títulos o en los partidos ganados: estaba en una forma de entender la pelota valenciana que influyó en todos los que vinieron después. Los pilotaris que crecieron viendo jugar a Peret llevaron algo de su estilo en su propia forma de jugar, y ese proceso de transmisión es lo que mantiene viva la influencia de los grandes del pasado.
Hoy, cuando los aficionados más veteranos quieren explicar a un joven lo que es la pelota valenciana en su máxima expresión, siguen mencionando el nombre de Peret. Esa capacidad de sobrevivir en la memoria del deporte mucho después de la retirada es el mayor testimonio de lo que significó para la pelota valenciana.