En los años setenta, los frontones de Miami eran lugares donde la velocidad de la cesta punta y el sonido de las apuestas llenaban cada tarde. Empresarios, turistas y aficionados se mezclaban en gradas con capacidad para miles de personas, mientras los pelotaris vascos y latinoamericanos disputaban partidos a una velocidad que ningún otro deporte podía igualar. El jai alai era, en esos años, uno de los deportes más apostados de toda América. Esta es la historia de cómo ocurrió.
El viaje de la cesta punta al Nuevo Mundo
La pelota vasca llegó a América antes de lo que muchos imaginan. Los emigrantes vascos que se instalaron en Cuba, México, Argentina y Estados Unidos a lo largo del siglo XIX llevaron consigo sus tradiciones deportivas, y la cesta punta fue una de las más viajeras. La primera exhibición documentada de jai alai en Estados Unidos tuvo lugar en la Exposición Universal de Chicago de 1893, donde pelotaris vascos mostraron el deporte al público americano con un impacto notable.
Cuba fue el primer territorio americano donde el jai alai se implantó de forma permanente. El Frontón Jai Alai de La Habana, construido en 1900, se convirtió rápidamente en uno de los lugares de entretenimiento más populares de la capital cubana. El deporte funcionaba bajo un modelo de apuestas similar al de las carreras de caballos, y generó una industria de ocio y juego que duró décadas hasta la revolución de 1959.
Florida y el modelo de las apuestas legalizadas
El gran salto del jai alai en Estados Unidos llegó con la legalización de las apuestas en Florida en 1935. Desde ese momento, los frontones de Miami, Tampa y Dania Beach se convirtieron en destinos de referencia para los amantes del juego y los turistas que llegaban al estado en busca de sol y entretenimiento.
El sistema de apuestas del jai alai era una versión de la quiniela: los apostadores seleccionaban qué jugadores o parejas terminarían en qué posición, y los premios se acumulaban según la dificultad de la predicción. La velocidad del juego —el jai alai es el deporte de pelota más rápido del mundo, con bolas que pueden superar los 300 km/h— añadía espectacularidad y hacía que los partidos fueran breves e intensos, perfectos para mantener el ritmo de las apuestas.
En los años de máximo esplendor, los frontones de Florida recaudaban más dinero en apuestas que el béisbol o el baloncesto en ese estado. Pelotaris vascos, cubanos, mexicanos y filipinos competían en un circuito que les ofrecía salarios sustancialmente mayores que los que podían ganar en Europa.
Los pelotaris que cruzaron el Atlántico
El jai alai americano fue posible gracias a los pelotaris que aceptaron emigrar. Los frontones de Florida enviaban agentes a España y al País Vasco para reclutar a los mejores jugadores, ofreciéndoles contratos que en aquel tiempo resultaban muy atractivos. Muchos pelotaris vascos pasaron años o décadas en América antes de regresar a casa, y algunos se quedaron para siempre.
Esta emigración tuvo consecuencias culturales importantes. Los pelotaris vascos en América transmitieron su tradición deportiva a las comunidades locales, y en algunos casos formaron a jugadores americanos o latinoamericanos que adoptaron el deporte como propio. El jai alai en Florida llegó a tener jugadores nacidos en el propio estado, algo que habría resultado impensable en los primeros años del deporte en América.
El declive y el legado
A partir de los años noventa, el jai alai americano entró en declive. La proliferación de casinos, la legalización de la lotería estatal y la aparición de nuevas formas de entretenimiento y juego redujeron el atractivo de los frontones. Los costes de mantener una plantilla de pelotaris profesionales se hicieron difíciles de sostener con menores ingresos por apuestas. Varios frontones cerraron, y los que sobrevivieron lo hicieron reconvirtiéndose en parte en salas de juego que usaban el jai alai como atracción secundaria.
Hoy, el jai alai en América es una sombra de lo que fue, pero el legado es real. El deporte vasco cruzó el Atlántico, generó décadas de espectáculo e industria, y dejó una huella cultural en comunidades de Florida, Cuba y otros países latinoamericanos que todavía puede rastrearse.