La trainera que compite hoy en la Bandera de La Concha comparte nombre, tradición y espíritu con las embarcaciones que pescaban en el Cantábrico hace dos siglos, pero desde el punto de vista tecnológico, son criaturas de mundos diferentes. El paso de la madera al carbono es uno de los capítulos más fascinantes de la historia del remo costero.
La era de la madera: el carpintero de ribera
Durante siglos, las traineras se construyeron con madera, principalmente de pino silvestre para el casco y de roble o fresno para los elementos estructurales. Los carpinteros de ribera eran artesanos especializados en la construcción de embarcaciones de madera que combinaban conocimiento técnico (hidrodinámico y estructural) con un arte aprendido durante años de aprendizaje junto a maestros.
Cada carpintero de ribera tenía su estilo propio, sus secretos y sus trucos del oficio. Los mejores estaban muy solicitados por los clubs de traineras, porque una embarcación bien diseñada podía marcar la diferencia en el agua. El proceso de construcción era largo: selección de la madera adecuada, secado natural (que podía llevar meses o años), corte según las plantillas del maestro, ensamblaje con técnicas tradicionales y calafateado (sellado de las juntas con estopa y brea) para impermeabilizar el casco.
Las traineras de madera pesaban entre 300 y 400 kilogramos, muy superior a las modernas. Esta masa mayor las hacía más lentas en la aceleración inicial pero también más estables en el mar picado.
La llegada de la fibra de vidrio
A mediados del siglo XX, los nuevos materiales sintéticos comenzaron a cambiar la construcción de embarcaciones en todo el mundo. La fibra de vidrio (poliéster reforzado con fibras de vidrio) ofrecía ventajas claras: menor peso que la madera, mayor consistencia dimensional, mejor impermeabilidad y menor mantenimiento.
Las primeras traineras de fibra de vidrio generaron debate en el mundo del remo. Los aficionados más conservadores las veían con desconfianza: ¿era todavía una trainera si no era de madera? Pero el rendimiento habló por sí solo: las traineras de fibra eran más rápidas, más fáciles de mantener y más asequibles de fabricar en serie.
A partir de los años 1970-1980, las traineras de fibra de vidrio se convirtieron en el estándar de la competición.
La revolución del carbono
El siguiente salto tecnológico llegó con la fibra de carbono, un material con una relación resistencia/peso extraordinaria que había revolucionado ya el remo olímpico, el ciclismo y la náutica de competición.
Una trainera de carbono puede pesar entre 150 y 180 kilogramos, casi la mitad que las antiguas de madera. Además, la rigidez del carbono es superior a la del poliéster de fibra de vidrio, lo que mejora la transmisión de la fuerza de las paladas a la propulsión: cada palada se traduce de forma más directa en velocidad, con menos flexión del casco que absorba parte de la energía.
Los reglamentos de la Liga ACT establecen un peso mínimo para las traineras precisamente para evitar que los clubs con más recursos puedan obtener ventaja desproporcionada mediante embarcaciones ultraligeras que superen las posibilidades económicas de los clubs más modestos.
El legado de los carpinteros de ribera
Aunque las traineras modernas de carbono han reemplazado a las de madera en la competición, el conocimiento de los carpinteros de ribera no ha desaparecido completamente. Algunos artesanos siguen construyendo traineras tradicionales para museos, para regatas históricas o simplemente como expresión de un arte que merece preservarse.
En varios municipios del País Vasco, la tradición del carpintero de ribera está reconocida como patrimonio cultural inmaterial. Los museos marítimos de San Sebastián, Bilbao y Pasaia conservan traineras históricas y documentan las técnicas de construcción tradicional. Y en algunos astilleros artesanales, todavía puedes ver cómo un maestro da forma a la madera con las mismas técnicas que usaron sus antecesores hace siglos.