El remo costero es, en realidad, una familia de tradiciones independientes que surgieron de forma paralela en distintos puntos del mundo, todas ellas nacidas de la misma necesidad: dominar el mar. Mientras los vascos perfeccionaban sus traineras en el Cantábrico, los polinesios cruzaban el Pacífico en sus va’a y los bretones desarrollaban sus propias embarcaciones en las costas atlánticas de Francia.
La tradición polinesia: el va’a
El va’a (outrigger canoa) es probablemente la embarcación de remo costero más antigua del mundo. Los polinesios la desarrollaron hace más de 3.000 años como herramienta fundamental para la vida en el Pacífico. La característica más distintiva del va’a es el ama, el flotador lateral conectado al casco principal por dos brazos llamados iako, que proporciona la estabilidad necesaria para navegar en aguas abiertas.
Con estas embarcaciones, los polinesios realizaron algunas de las hazañas de navegación más impresionantes de la historia: la colonización de Hawái (más de 4.000 kilómetros desde la Polinesia central), el descubrimiento de Nueva Zelanda y el poblamiento de las islas más remotas del Pacífico. Los va’a no eran solo botes: eran la tecnología que permitió a los polinesios construir el mayor dominio geográfico de cualquier cultura antes de la era moderna.
La práctica del va’a como deporte organizado empezó en Hawái a principios del siglo XX, impulsada por la necesidad de preservar una tradición cultural que la colonización occidental amenazaba con extinguir. La primera carrera de outrigger moderno fue la Molokai Hoe, establecida en 1952, una travesía de 52 kilómetros entre las islas de Molokai y Oahu que se ha convertido en una de las carreras de agua más prestigiosas del mundo.
La tradición bretona: el yole de mer
En Bretaña, la región del noroeste de Francia con cultura propia y una fuerte identidad marinera, se desarrolló una tradición de remo de mar paralela a la vasca. Los yoles de mer (yolas de mar) son embarcaciones de 4 a 6 remeros con banco fijo que se usan en regatas a lo largo de las costas bretonas desde el siglo XIX.
La tradición bretona del remo de mar tiene puntos de contacto interesantes con la vasca: nacida de la misma necesidad pesquera, organizada alrededor de clubs comunitarios con fuerte identidad local y practicada en mares igualmente duros y exigentes. El Canal de la Mancha y el Golfo de Vizcaya comparten el carácter atlántico que da su personalidad al remo costero europeo.
En la segunda mitad del siglo XX, el remo costero bretón se organizó de forma más sistemática con la creación de la Fédération Française de Rames Traditionnelles, que aglutina a los distintos tipos de embarcaciones tradicionales francesas y organiza un calendario competitivo propio.
La internacionalización: el Campeonato del Mundo de Remo Costero
El paso decisivo para la internacionalización del remo costero llegó cuando World Rowing (la Federación Internacional de Remo) decidió asumir la organización del Campeonato del Mundo de Remo Costero. La primera edición del WRCh se celebró en 2011 en San Sebastián, España, con una participación histórica de equipos de muy distintos países y tradiciones.
El WRCh supuso un hito porque, por primera vez, las distintas tradiciones del remo de mar compitieron bajo un mismo paraguas reglamentario. Las embarcaciones olímpicas de banco móvil adaptadas a las condiciones costeras conviven en el programa con embarcaciones más tradicionales, y los equipos de traineras del Cantábrico se miden con los remeros del Pacífico y los europeos.
La competición creció rápidamente. Lo que empezó como un evento con una veintena de países participantes se ha convertido en un campeonato con más de 50 naciones y cientos de atletas de todos los continentes.
La influencia de la diáspora vasca
No hay que olvidar el papel de la diáspora vasca en la expansión del remo costero. Los emigrantes vascos que en los siglos XIX y XX se instalaron en Argentina, Uruguay, Chile, México y otras partes de América Latina llevaron consigo sus tradiciones, incluido el remo. Hoy existen clubs de traineras activos en Buenos Aires, Montevideo y otras ciudades latinoamericanas con comunidades vascas significativas, manteniendo viva la tradición a miles de kilómetros del Cantábrico.