Un evento deportivo a diferencia de todos los demás
Hay events deportivos famosos por su nivel de competición. Hay eventos famosos por su historia. Hay eventos famosos por su escenario. El Hong Kong Sevens es famoso por todo eso y además por algo que ningún otro evento deportivo en el mundo tiene en la misma medida: la cultura de los disfraces de su público.
Cada año, en marzo o abril, el Hong Kong Stadium se convierte en algo que no existe en ningún otro lugar del planeta deportivo. Cuarenta mil personas, vestidas con los trajes más elaborados, variopintos y creativos que la imaginación humana puede concebir, se sientan (o de pie, porque en la South Stand no hay asientos que aguanten) a ver rugby de primer nivel. La combinación es tan improbable como perfecta.
Cómo nació la tradición
Nadie sabe exactamente cuándo empezaron los disfraces en el Hong Kong Sevens. No hay un momento fundacional, no hay una decisión institucional, no hay un personaje que inventara la tradición. Lo que hay es una acumulación de años en que la mezcla de culturas que define Hong Kong fue creando una atmósfera donde todo parecía posible.
Los expatriados europeos y australianos que vivían en Hong Kong y acudían al torneo llevaban la cultura del rugby y también la cultura anglosajona de las fancy dress parties (fiestas de disfraces). Los turistas que llegaban de todas partes del mundo para el torneo aportaban su propio espíritu festivo. Los locales de Hong Kong, con su característica capacidad de absorber y transformar las influencias externas, añadieron su propia energía.
En algún momento de los años 80, los disfraces se convirtieron en parte imprescindible de la experiencia del Hong Kong Sevens. Para la siguiente generación de asistentes, ir al torneo sin disfraz era impensable.
La South Stand: el corazón de la locura
La South Stand del Hong Kong Stadium —la tribuna sur— es el lugar más famoso del torneo. Es donde los grupos con los disfraces más elaborados se concentran, donde el ruido alcanza sus picos más altos y donde las cámaras de televisión siempre encuentran las imágenes más impactantes.
Los grupos que asisten al torneo llevan meses preparando sus disfraces. No es raro ver grupos de 50 o 100 personas con trajes coordinados: todos del mismo tema, con detalles trabajados y accesorios que amplían el disfraz. Los temas más recurrentes incluyen personajes de películas de época (los superhéroes de Marvel siempre presentes), referencias culturales del año, figuras políticas, animales en trajes de goma…
El nivel de elaboración puede ser asombroso. Grupos con parafernalia completa, decoraciones para su sector de la tribuna, coreografías de celebración cuando marcan sus equipos favoritos… La South Stand del Hong Kong Sevens es, en este sentido, también una competición paralela de creatividad y originalidad.
El rugby no se pierde entre la fiesta
Una de las paradojas aparentes del Hong Kong Sevens es que, con todo el circo de los disfraces y la fiesta, el rugby de primer nivel se pierde. En la práctica, ocurre lo contrario: el público festivo del Hong Kong Stadium sigue el rugby con una pasión que sorprende a los visitantes primerizos.
Cuando hay un try espectacular, el estadio explota. Cuando hay un placaje brutal, hay un gemido colectivo. Cuando hay una decisión arbitral polémica, el stadio lo hace saber. Los disfraces no amortiguan la pasión deportiva: la acompañan. Es posible estar disfrazado de flamenco rosado gigante y al mismo tiempo llorar de emoción por un try en la final. El Hong Kong Sevens demuestra que las dos cosas son compatibles.
El impacto cultural más allá del rugby
El Hong Kong Sevens ha trascendido el mundo del rugby para convertirse en un fenómeno cultural. Hay personas que asisten al torneo sin seguir el rugby durante el resto del año. Hay empresas que utilizan el torneo como evento de team building o de entretenimiento para clientes. Hay turistas que viajan específicamente a Hong Kong para el torneo sin tener ningún interés previo en el rugby.
Este alcance cultural más allá del deporte es algo que pocos eventos deportivos logran. El Hong Kong Sevens lo ha conseguido de forma completamente orgánica, sin estrategias de marketing específicas para atraer al público no rugbístico. Simplemente, creó algo tan especial que el mundo quiso ser parte de ello.
Para muchos jugadores que han participado en el torneo, el Hong Kong Sevens es el evento más memorable de su carrera, no solo por el nivel del rugby sino por la experiencia humana de jugar ante ese público. Salir al campo del Hong Kong Stadium durante el torneo —40.000 personas, ruido ensordecedor, disfraces en cada dirección que la vista alcanza— es, según los que lo han vivido, algo que no se olvida.