La vía ferrata tiene una historia que comienza no en las páginas de una guía de montaña, sino en los partes de guerra de la Primera Guerra Mundial. Sus orígenes están en una de las batallas más singulares del conflicto — la guerra de altura en los Dolomitas — y el camino desde las trincheras alpinas hasta el deporte popular de hoy es una de las transformaciones más curiosas de la historia del montañismo.
La guerra en las alturas: los Dolomitas en 1915-1918
Cuando Italia entró en la Primera Guerra Mundial en 1915, el frente oriental italiano se extendía por los Alpes y los Dolomitas, una cadena montañosa de caliza con torres verticales, paredes de centenares de metros y altitudes que superaban los 3.000 metros. El terreno era, literalmente, inescalable para un soldado con equipamiento de infantería estándar.
Tanto el ejército italiano como las tropas austro-húngaras necesitaban mover hombres, municiones y artillería por esas paredes para llegar a posiciones estratégicas. La solución fue radical: equipar las paredes con hierro. Ingenieros militares instalaron miles de escalones de metal en la roca, cables de acero anclados a lo largo de las vías de ascenso y descenso, escaleras de hierro en los tramos más verticales, y pasarelas sobre los abismos. Así nació la via ferrata — el camino de hierro.
Las rutas militares más emblemáticas
Algunas de las rutas construidas durante la guerra se han convertido en iconos del patrimonio histórico y montañero de los Dolomitas. Entre las más famosas:
Lagazuoi: situada entre el Valle de Fanes y el Valle di Landro, esta ruta atraviesa un terreno donde el ejército italiano y el austro-húngaro combatieron durante años, excavando túneles en la roca y haciéndola estallar desde dentro para destruir las posiciones enemigas. Hoy es una de las ferratas históricas más impresionantes y emocionantes de los Dolomitas.
Averau y Nuvolau: en el Grupo del Averau-Nuvolau, las ferratas militares permiten seguir los itinerarios exactos de las tropas italianas que defendían esta posición estratégica sobre el paso de Falzarego.
Croda dell’Arghena y Gran Cir: otras rutas del frente italiano que hoy pueden recorrerse con equipamiento moderno pero que conservan la esencia del trazado original.
De la guerra al deporte: los años de transición
Tras el armisticio de 1918, las instalaciones militares de los Dolomitas quedaron abandonadas. Pero los montañeros locales y los alpinistas que comenzaron a frecuentar la zona en los años 20 descubrieron en esas rutas equipadas una forma de acceder a terreno impresionante sin necesidad de la técnica de un escalador experto.
Durante los años 20 y 30, las secciones alpinas italianas comenzaron a mantener y en algunos casos a restaurar las rutas militares, convirtiéndolas de facto en itinerarios de montaña para el público general. Era una actividad de montañeros, no un deporte codificado: la gente las recorría con botas y cuerda, sin el juego de ferrata específico que no existía todavía.
El nacimiento del deporte moderno: los años 70
La vía ferrata como deporte con su propio equipo específico, sus propios sistemas de clasificación y su propia cultura surgió en los años 70 y 80. En este período se construyeron en los Alpes italianos y austríacos las primeras vías diseñadas específicamente para el ocio —no restauraciones militares, sino rutas nuevas construidas para ofrecer la experiencia de la ferrata en entornos espectaculares.
La aparición del juego de vía ferrata moderno — el sistema de dos brazos en Y con absorbedor de energía — fue el salto tecnológico que transformó la actividad. Hasta entonces, los practicantes se anclaban al cable con cuerdas convencionales, sin absorbedor, lo que hacía que cualquier caída real pudiera ser grave. El equipo moderno, certificado bajo la norma EN 958, convirtió la vía ferrata en una actividad con un perfil de riesgo muy controlado cuando se usa correctamente.
Expansión europea y llegada a España
Durante los años 80 y 90, la vía ferrata se extendió por toda la geografía alpina — Francia, Suiza, Austria, Eslovenia — y comenzó a llegar a la Península Ibérica. España, con su abundancia de paredes calcáreas en zonas como Aragón, Valencia, Murcia y Andalucía, resultó un terreno ideal. A mediados de los 90 aparecieron las primeras ferratas deportivas españolas, y la actividad no ha dejado de crecer desde entonces. Hoy, con más de 500 rutas catalogadas, España es uno de los países con mayor densidad de vías ferratas del mundo.