El verano de 1996 en Atlanta fue el momento en que el voleibol playa dejó de ser un deporte de playa californiana y se convirtió en deporte olímpico. La decisión del Comité Olímpico Internacional de incluirlo en el programa de Atlanta fue recibida con entusiasmo por los practicantes y con cierto escepticismo por quienes dudaban de que un deporte «de playa» pudiera encajar en la solemnidad de los Juegos. Los resultados despejarían esas dudas rápidamente: el torneo de voleibol playa de Atlanta fue uno de los eventos más concurridos y celebrados de toda la olimpiada.
Los primeros campeones olímpicos de la historia del voleibol playa escribieron sus nombres en los libros de récords del deporte para siempre. En la categoría masculina, los americanos Karch Kiraly y Kent Steffes ganaron el primer oro olímpico masculino de la historia, una victoria doblemente simbólica: Kiraly era ya el más grande jugador de la historia del voleibol en cualquier formato, habiendo ganado oros olímpicos en voleibol de sala, y su conquista del primer título olímpico de playa confirmó su condición de jugador fuera de serie. En la categoría femenina, las brasileñas Sandra Pires y Jackie Silva ganaron el primer oro olímpico femenino de beach volleyball, un resultado que fue enormemente celebrado en Brasil y que confirmó la potencia latinoamericana en la modalidad.
El impacto del debut olímpico del voleibol playa en Atlanta 1996 fue mucho mayor de lo que nadie esperaba. Las imágenes de los partidos disputados en la arena de centro de la ciudad, con miles de espectadores entusiastas y una atmósfera festiva que contrastaba con la solemnidad de los estadios olímpicos convencionales, se convirtieron en uno de los iconos visuales de aquellos Juegos. El COI comprendió inmediatamente que tenía en el voleibol playa uno de los formatos más atractivos de su cartera olímpica, y el deporte ha estado presente en todos los Juegos desde entonces.