El voleibol playa tiene una característica temporal que lo distingue de casi todos los deportes olímpicos de pelota: no hay límite de tiempo. Un partido puede durar 45 minutos si un equipo domina con claridad, o puede extenderse más allá de las dos horas si los dos equipos están perfectamente equiparados y cada set se resuelve en las últimas jugadas. Esta imprevisibilidad temporal es parte de lo que hace al voleibol playa un espectáculo tan absorbente: el espectador no sabe cuánto va a durar lo que está viendo, y esa incertidumbre mantiene la atención de principio a fin.
Los partidos más largos de la historia del voleibol playa olímpico han sido aquellos en los que dos parejas de nivel idéntico se han enfrentado en los momentos de mayor presión del torneo, habitualmente en las rondas de eliminación directa. En estos partidos, el sistema de ventaja de dos puntos en cada set puede generar intercambios interminables desde el 20-20 o el 14-14 en el tercer set: cada punto se convierte en un mundo, y los jugadores deben mantener la concentración y la energía física durante horas bajo las condiciones meteorológicas extremas que frecuentemente acompañan a los torneos olímpicos de verano —calor, viento, arena en la cara— mientras miles de espectadores observan cada movimiento.
La resistencia física que requieren los partidos más largos del voleibol playa es comparable a la de cualquier prueba de fondo del atletismo olímpico. Moverse constantemente en arena —una superficie que exige el doble de esfuerzo muscular que la hierba o el pavimento—, saltar repetidamente durante más de dos horas, y mantener la precisión técnica en cada servicio, recepción y remate cuando el cuerpo ya está al límite son los desafíos físicos del maratón del voleibol playa. Los partidos que llegan a esas duraciones extremas son, en sí mismos, uno de los récords más llamativos del deporte: una demostración de que la condición física de los mejores jugadores del mundo no tiene límites fáciles de medir.