El bobsleigh tiene una paradoja que lo distingue de casi cualquier otro deporte olímpico: para practicarlo se necesita una infraestructura tan cara, tan especializada y tan difícil de construir que en el mundo entero existen apenas unas dieciséis pistas homologadas para la competición internacional. Esta escasez no es solo un dato curioso sino una limitación real que determina qué países pueden desarrollar el deporte y cuáles quedan excluidos de él de forma práctica.
El coste de construir una pista de bobsleigh está en el rango de los 20 a 50 millones de euros, dependiendo del diseño y la ubicación. Pero la construcción es solo el principio: el sistema de refrigeración artificial que mantiene el hielo en condiciones óptimas consume una enorme cantidad de energía eléctrica durante toda la temporada, y su mantenimiento requiere personal técnico especializado. A esto se suma que la pista solo puede ser utilizada durante los meses de invierno (o durante todo el año si la refrigeración es suficiente), lo que limita drásticamente el número de días de uso. El resultado es una inversión difícilmente rentabilizable para cualquier país que no tenga una tradición sólida en el deporte y un número suficiente de deportistas que justifiquen el gasto.
La distribución geográfica de las pistas existentes refleja esta realidad. La mayoría se concentra en Europa Central y Occidental —Alemania tiene varias, Suiza, Austria, Francia, Letonia e Italia también— y en América del Norte (EE.UU. y Canadá). Corea del Sur construyó una pista para los Juegos Olímpicos de Pyeongchang 2018, siendo la primera en Asia. Países como Jamaica, Nigeria o Brasil, que han intentado desarrollar programas de bobsleigh, deben entrenar y competir principalmente en el extranjero, lo que supone un handicap logístico y económico enorme.