Ciento cincuenta kilómetros por hora sobre patines de acero de pocos milímetros de ancho, en un canal de hielo de metro y medio de anchura, con curvas de más de 270 grados y fuerzas G que multiplican varias veces el peso del cuerpo. Los datos del bobsleigh de élite son tan extremos que resultan difíciles de imaginar para quien nunca ha estado dentro de un trineo de competición.
La velocidad máxima de un bobsleigh se alcanza en las rectas largas que hay entre las curvas de las pistas más rápidas del mundo. La pista de Altenberg, en Sajonia (Alemania), es conocida como una de las más veloces del calendario: en sus rectas, los trineos pueden superar los 150 km/h. La pista de Whistler, construida para los Juegos Olímpicos de Vancouver 2010 en Canadá, tiene el récord absoluto de velocidad con más de 153 km/h. En estas condiciones, el tiempo de un descenso completo oscila entre 50 y 60 segundos para las pistas de uso habitual.
Lo que hace verdaderamente impresionante la experiencia no es solo la velocidad sino la combinación de velocidad extrema con las fuerzas G de las curvas. En una curva pronunciada a más de 120 km/h, la tripulación puede experimentar hasta 5 G laterales: el equivalente a que alguien cinco veces su propio peso les empujara hacia el lado. La cabeza de los tripulantes se inclina automáticamente en dirección contraria a la curva a consecuencia de estas fuerzas, y el cuello debe resistir una presión enorme. Esta es la razón por la que los empujadores de bobsleigh, además de la velocidad, también trabajan específicamente la musculatura del cuello y la espalda para resistir las fuerzas del descenso.