Steven Holcomb fue uno de los pilotos más carismáticos y queridos de la historia del bobsleigh americano. Su trayectoria es la de una superación: no solo la deportiva, que le llevó del anonimato relativo a la cima olímpica, sino también la personal, cuando tuvo que luchar contra una enfermedad ocular que amenazó con arrebatarle su carrera en el momento de máximo nivel.
Nacido en 1980 en Park City, Utah, Holcomb creció cerca de una de las pocas pistas de bobsleigh de Estados Unidos y se convirtió en el mejor piloto americano de su generación. Su ascenso a la élite coincidió con el diagnóstico de queratocono, una enfermedad degenerativa que redujo su visión hasta el punto de considerar el retiro. Gracias a un tratamiento experimental con cross-linking corneal, Holcomb recuperó suficiente visión para seguir compitiendo. Los resultados de esa recuperación quedaron grabados en la historia del deporte: en los Juegos Olímpicos de Vancouver 2010, liderando al equipo «Night Train», ganó el oro en bob de cuatro personas, poniendo fin a 62 años de sequía olímpica para Estados Unidos en esa modalidad.
El legado de Holcomb en el bobsleigh americano va más allá de sus medallas. Su carácter abierto, su historia de superación y su capacidad para comunicar el deporte a audiencias no especializadas hicieron de él uno de los mejores embajadores del bobsleigh en Estados Unidos. Ganó también títulos mundiales y olímpicos adicionales antes de su repentina muerte en 2017, a los 37 años. Su fallecimiento dejó al mundo del bobsleigh sin uno de sus referentes más importantes y a un deporte sin uno de sus contadores de historias más apasionados.