Pocos deportistas en la historia han generado tanto temor, tanta fascinación y tanta controversia como Michael Gerard Tyson. Nacido el 30 de junio de 1966 en Brooklyn, Nueva York, en uno de los barrios más duros de la ciudad, Tyson encontró en el boxeo la salida a una infancia marcada por la pobreza, las peleas callejeras y los reformatorios. Lo que encontró también fue un talento extraordinario para el deporte más brutal del mundo.
Brooklyn y Cus D’Amato: el nacimiento de una leyenda
La historia de Mike Tyson no puede contarse sin la figura de Constantine “Cus” D’Amato, el veterano entrenador que lo descubrió en un reformatorio juvenil cuando Tyson tenía trece años. D’Amato vio en ese chico gordo y violento algo que muy pocos eran capaces de ver: un futuro campeón del mundo. Se convirtió en su tutor legal, lo llevó a vivir a su casa en Catskill, Nueva York, y comenzó a moldear al boxeador y al hombre con una combinación de técnica, psicología y filosofía que resultó extraordinariamente efectiva.
D’Amato le enseñó a Tyson el estilo “peek-a-boo”: guardia alta, movimientos de cabeza continuos para esquivar los golpes, entradas rápidas al cuerpo del rival y combinaciones cortas y devastadoras. Era un estilo diseñado para aprovechar al máximo las cualidades físicas de Tyson —velocidad, potencia, bajo centro de gravedad— mientras minimizaba sus limitaciones de alcance frente a rivales más altos.
Cus D’Amato murió en noviembre de 1985, sin llegar a ver el campeonato del mundo de su pupilo. Pero su trabajo ya estaba hecho: Tyson era un producto acabado, la máquina de boxear más peligrosa de su generación.
El récord histórico: campeón mundial con veinte años
El 22 de noviembre de 1986, con veinte años y cuatro meses, Mike Tyson noqueó a Trevor Berbick en el segundo asalto y se convirtió en el campeón mundial de los pesos pesados más joven de la historia. Era el WBC. En 1987 añadió el WBA y el IBF, unificando todos los títulos disponibles.
Su dominio del circuito durante esos años fue absoluto. Tyson derrotaba a sus rivales con una velocidad y una contundencia que hacían parecer a los pesos pesados del momento como simples sparrings. Sus combates duraban a veces menos de un minuto, y la pregunta antes de cada pelea no era si ganaría sino en cuánto tiempo.
La caída y la resurrección
La derrota ante Buster Douglas en Tokio en 1990 fue el primer signo de que la imagen de invencibilidad era una construcción frágil. Douglas, un boxeador de nivel aceptable pero sin el estatus de gran campeón, lo noqueó en el décimo asalto ante el asombro del mundo entero. Era la señal de que Tyson, sin la guía de D’Amato y con una vida personal descontrolada, no era el mismo boxeador de 1987.
Tres años de prisión entre 1992 y 1995 interrumpieron su carrera en el momento más delicado. Cuando regresó, recuperó dos cinturones mundiales ante rivales de menor nivel, pero la versión que se enfrentó a Evander Holyfield en 1996 ya no era la de los años ochenta. Holyfield lo derrotó por TKO en el undécimo asalto, y en la revancha de 1997, el episodio del mordisco en la oreja de Holyfield se convirtió en uno de los momentos más oscuros de la historia del boxeo.
El legado de Iron Mike
La carrera de Mike Tyson terminó con un récord de 50-6, con 44 KO. Sus últimos años en el boxeo profesional fueron decepcionantes en comparación con su explosiva juventud. Pero el legado de Tyson no se mide en el final de su carrera sino en su época de dominio: los años 1986-1990 en los que fue el boxeador más temido del planeta, el hombre cuya sola presencia en el ring bastaba para intimidar a cualquier rival. Iron Mike es y será uno de los grandes iconos del boxeo de todos los tiempos.