En los clubs náuticos de todo el mundo, existe un debate que se repite con la regularidad de las mareas: ¿qué es mejor, el catamarán o el monohull? La pregunta parece simple pero las respuestas revelan filosofías profundamente diferentes sobre qué es la vela, qué debe sentirse al navegar y cuál es el propósito último de un barco. Y desde que el foiling ha llegado a ambos mundos, el debate se ha complicado de formas inesperadas.
La diferencia fundamental de sensación
La experiencia de navegar en un catamarán y en un monohull son radicalmente diferentes, y esa diferencia empieza por la escora.
Un monohull que navega en ceñida se escora: el cuerpo del regatista se inclina con el barco, la quilla lucha contra el viento, hay una tensión física entre el peso del barco y la fuerza del viento. Para muchos regatistas, esa tensión es la esencia de la vela: la lucha íntima entre el barco y los elementos, donde el regatista está constantemente equilibrando fuerzas que quieren volcarle.
El catamarán no escora de esa manera. La estabilidad de la plataforma de doble casco hace que el barco se mantenga relativamente nivelado, y cuando el viento arrecia, es el casco de barlovento el que se levanta del agua (en lugar de todo el barco inclinándose). Para el regatista de catamarán, la gestión de ese casco levantado —cuánto puede subir antes de que haya riesgo de vuelco— es la señal de que el barco está en el límite.
Ninguna de las dos sensaciones es objetivamente superior. Son diferentes, y las personas que prefieren una u otra suelen ser apasionadas de su elección.
Las diferencias tácticas
En la regata, la diferencia entre multicasco y monohull no es solo de velocidad sino de tiempo de reacción y de planificación.
En el monohull
Las velocidades relativamente moderadas permiten que las decisiones tácticas se tomen con menos premura. Un error de lectura del viento puede corregirse en la siguiente ceñida. El contacto físico entre barcos (las lufadas de barlovento, los empujes en el portante) está reglamentado pero es parte de la táctica porque las velocidades hacen que los encuentros entre barcos sean más lentos y manejables.
Las olas tienen un efecto mucho mayor en el monohull: en condiciones de ola, el regatista debe gestionar activamente la inercia del barco (bombear el mainsheet, colocarse en la posición correcta para surfear las olas), lo que añade una dimensión física al deporte.
En el multicasco
Las velocidades altas obligan a planificar las maniobras con mucha más antelación. Una virada en el Nacra 17 foiling debe comenzar antes de que el barco llegue al límite de la cancha, no cuando ya está allí. Los errores tienen consecuencias inmediatas y mayores: a 25 nudos, una mala lectura del viento o una maniobra incorrecta puede suponer perder cien metros en segundos.
La cobertura táctica en el multicasco es diferente: las velocidades de cierre entre barcos son tan altas que cubrirse directamente (ponerse entre el adversario y la marca) requiere una coordinación y una anticipación que en el monohull no es tan crítica.
Las voces del debate
Los defensores del monohull
Los regatistas de monohull que prefieren ese tipo de barco suelen argumentar:
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La tradición: La vela nació en monohullos. Los J-Class, los Doce Metros de la Copa América clásica, los Swan y los IRC de crucero-regata: la historia de la vela es la historia del monohull.
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La sensación orgánica: La escora, la lucha con el viento, el trabajo físico de mantener el barco en su ángulo óptimo: todo eso se pierde en el catamarán, que “es demasiado estable”.
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La táctica más rica: Las olas, las corrientes, el viento táctico entre barcos: en el monohull todo eso tiene más relevancia y el ajedrez táctico es más complejo.
Los defensores del multicasco
Los regatistas de catamarán que prefieren ese tipo de barco argumentan:
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La velocidad: Navegar a 25 nudos en un barco que vuela es una experiencia que no tiene equivalente. El placer de la velocidad es intrínseco a la vela, y el catamarán lo maximiza.
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La exigencia técnica del foiling: El foiling del Nacra 17 requiere un nivel de habilidad y concentración que no existe en ninguna clase de monohull. Es más difícil, no más fácil.
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El espectáculo: La vela de catamarán, con el foiling y el stadium sailing, es más accesible para el público no especializado. El espectáculo que genera acerca más personas al deporte.
La convergencia del foiling
La llegada del foiling a ambos mundos ha creado una situación paradójica: los monohullos foiling (los AC75 de la Copa América, los IMOCA foiling) y los catamaranes foiling (el Nacra 17, el GC32) están técnicamente más cerca entre sí de lo que nunca han estado.
Cuando un AC75 vuela sobre sus foils a 45 nudos, no importa que tenga un casco único: se comporta como si fuera un catamarán. La física del foiling es la misma independientemente del número de cascos: la sustentación hidrodinámica que levanta el barco, el control del ride height, la gestión del viento aparente a alta velocidad. Los equipos que desarrollan foils para el AC75 y los que los desarrollan para el GC32 aplican los mismos principios.
Esta convergencia técnica ha generado también una convergencia de personas: regatistas del circuito GC32 (catamaranes) han sido fichados para equipos de AC75 (monohull foiling), y al revés. Las habilidades se transfieren más fácilmente que en el pasado, cuando un regatista de dinghy convencional pasaba al catamarán y sentía que estaba aprendiendo desde cero.
¿Hay una respuesta?
El debate entre multicasco y monohull no tiene respuesta objetiva, y no la necesita. La vela es un deporte lo suficientemente rico como para acomodar a quienes prefieren la elegancia lenta del Doce Metros clásico y a quienes prefieren la velocidad extrema del Nacra 17 foiling. Son deportes diferentes que comparten el viento y el agua, y esa diversidad es una de las grandes riquezas de la cultura náutica.
Lo que sí es cierto es que el foiling ha acercado los dos mundos más que cualquier otro desarrollo tecnológico en la historia de la vela. Y eso, sea cual sea tu preferencia, es una buena noticia para el deporte en su conjunto.