La piedra de curling es el elemento central del juego y uno de los objetos deportivos más singulares del mundo. Tallada a partir de granito de alta densidad, su forma es de disco achatado con un asa o mango en la parte superior que permite al lanzador sujetarla y soltarla con la rotación deseada. La superficie inferior no es plana: presenta una zona de contacto con el hielo muy pequeña llamada banda de corrida, que minimiza la fricción y permite que la piedra se deslice decenas de metros con un impulso relativamente suave.
Cada equipo dispone de ocho piedras de un mismo color, generalmente rojo y amarillo en competiciones de alto nivel, aunque los clubes utilizan cualquier combinación de colores. Las piedras de un mismo set deben pesar y comportarse de manera similar para que todos los jugadores tengan condiciones iguales. Con el uso, las bandas de corrida se desgastan y deben reafilarse periódicamente en tornos especiales, un mantenimiento habitual en los clubes de curling.
La trayectoria curva de la piedra, provocada por la rotación y facilitada por la textura del hielo (denominada pebble), es el aspecto técnico más fascinante del deporte. Los skips y los árbitros observan el curl de cada piedra antes del partido para comunicárselo a sus equipos, ya que la cantidad de curvatura varía con la temperatura del hielo, la humedad y el propio desgaste de la piedra. Entender el comportamiento de cada piedra es parte esencial de la preparación táctica en cualquier competición seria.