Si hay una anomalía estadística que todo amante de los Juegos Olímpicos debería conocer, es esta: Hungría, un país sin salida al mar, con menos de 10 millones de habitantes y una economía modesta en el contexto europeo, es la nación más exitosa de toda la historia de la esgrima olímpica. Con más medallas de oro que Francia, Italia o Rusia. Por mucho.
Un dominio que dura más de un siglo
Desde los primeros Juegos Olímpicos modernos de 1896, Hungría ha ganado más de 35 medallas de oro en esgrima olímpica. El total de medallas (oro, plata y bronce) supera las 80. Para dar perspectiva: Francia e Italia, los dos países más identificados con la esgrima de alta cultura, están claramente por detrás en el medallero histórico.
¿Cómo es posible? La respuesta está en una combinación de tradición familiar, sistema educativo deportivo, y la aparición de una serie de genios del deporte que crearon una escuela propia.
Aladár Gerevich: el inmortal del sable
La figura más extraordinaria de toda la esgrima olímpica es el húngaro Aladár Gerevich. Sus números son tan inverosímiles que merecen leerse despacio:
- Participó en seis ediciones de los Juegos Olímpicos (1932, 1936, 1948, 1952, 1956 y 1960).
- Ganó siete medallas de oro olímpicas.
- Su carrera olímpica activa abarcó 28 años.
- Cuando fue al Comité Olímpico húngaro para pedir plaza en los Juegos de Roma 1960, los seleccionadores le negaron la clasificación argumentando que con 50 años era demasiado mayor. Gerevich les desafió a un torneo interno con los jóvenes candidatos y los derrotó a todos. Fue a Roma y ganó el oro por equipos.
Esta anécdota —completamente verificada— resume mejor que cualquier estadística lo que la escuela húngara de esgrima representó en el siglo XX.
Una tradición que se transmite en familia
Parte del secreto húngaro está en la transmisión generacional del deporte. Muchas familias húngaras tienen dos, tres o cuatro generaciones de esgrimidores. Los maestros de armas formaban a sus hijos desde pequeños con una meticulosidad casi artesanal. Los clubes locales funcionaban como academias donde los mejores maestros identificaban el talento desde una edad temprana.
El Estado húngaro, especialmente durante el período comunista (1948-1989), invirtió de forma sistemática en los deportes de élite. La esgrima fue uno de los grandes beneficiados: instalaciones, entrenadores de calidad, torneos internacionales y acceso prioritario para los talentos identificados. El resultado fue una fábrica de campeones sin parangón en ningún otro país.
La escuela húngara: técnica y agresividad
Desde el punto de vista técnico, la escuela húngara se distinguió por combinar la elegancia técnica de la tradición italiana con una agresividad ofensiva poco común en los estilos europeos más conservadores. Los húngaros atacaban más, presionaban más y buscaban la decisión en menos tiempo que sus rivales.
Esta filosofía fue especialmente efectiva en el sable, el arma más rápida y más favorable a los temperamentos agresivos. Hungría dominó la prueba de sable individual y por equipos de forma casi ininterrumpida durante décadas. Solo la irrupción de Korea del Sur a partir de los años 2000 rompió definitivamente ese dominio, aunque los húngaros siguen siendo contendientes habituales en todos los grandes torneos internacionales.