El cierre es la posición defensiva más importante del fútbol sala y el eje sobre el que gira la organización del bloque defensivo. Situado en el centro de la defensa, tiene la responsabilidad principal de neutralizar al pivote rival, que suele actuar justo frente a él. Su labor es exigente tanto física como tácticamente: debe anticiparse al movimiento del pivote, cerrar los caminos de penetración del balón y, al mismo tiempo, estar atento a las llegadas de los alas contrarios que buscan espacios en su zona.
A diferencia del central del fútbol de campo, el cierre trabaja en un espacio muy reducido (la cancha de fútbol sala mide entre 38 y 42 metros de largo) y con un ritmo de transición ataque-defensa muy elevado. Esto exige que sea un jugador de gran capacidad de lectura del juego, que se recoloque constantemente y que comunique con el portero y los alas para coordinar las coberturas. En la mayoría de sistemas tácticos, el cierre es también el jugador que dirige el pressing o la presión del equipo cuando el balón está en campo contrario.
En ataque, el cierre participa en las combinaciones desde la segunda línea, siendo frecuente que reciba el balón en el centro del campo y filtre pases al pivote o actúe como el jugador que culmina las jugadas con disparos desde media distancia. Los mejores cierres de la historia del fútbol sala han sido jugadores con un perfil técnico y físico muy completo, capaces de leer el juego en ambas fases y de asumir el liderazgo dentro del campo en los momentos decisivos.