El fútbol tiene muchos goles polémicos, muchos errores arbitrales, muchas injusticias que el tiempo va borrando. Pero ningún gol en la historia del deporte ha tenido la resonancia cultural, política y filosófica de la mano de Dios. Un puñetazo disimulado, un árbitro engañado, una frase para la eternidad y un contexto político que lo convertía en algo más que un partido de fútbol.
El contexto: cuatro años después de las Malvinas
El 22 de junio de 1986, Argentina e Inglaterra se enfrentaban en los cuartos de final del Mundial de México. Pero el partido era imposible de entender sin el contexto: cuatro años antes, en 1982, los dos países habían librado una guerra de diez semanas por la soberanía de las islas Malvinas, en el Atlántico Sur. Argentina perdió la guerra, setecientos cincuenta y siete soldados argentinos murieron, y la herida estaba lejos de cicatrizar.
Para la afición argentina, y para el propio Maradona —que lo reconoció explícitamente en entrevistas posteriores— aquel partido no era solo fútbol. Era también historia, política y memoria.
El minuto 51: la mano que nadie vio (salvo todos)
Argentina ganaba el partido 0-0 cuando, en el minuto 51, Maradona saltó junto al portero inglés Peter Shilton para disputar un balón aéreo. La diferencia de altura era obvia —Maradona medía 1,65 metros, Shilton 1,85— pero el argentino llegó antes al balón. Y lo hizo con la mano izquierda, cerrada en puño, en un movimiento rapidísimo que el árbitro tunecino Ali Bin Nasser no vio.
Los jugadores ingleses protestaron furiosamente. Las cámaras de televisión mostraban con claridad que el balón había tocado la mano. Maradona corría hacia su propio campo a celebrarlo, mirando a sus compañeros con expresión que mezclaba euforia e incredulidad. El árbitro señaló el centro del campo. El gol era válido.
La frase que lo convirtió en leyenda
En la rueda de prensa posterior al partido, un periodista le preguntó a Maradona cómo había marcado el gol. La respuesta es una de las frases más citadas de la historia del deporte: “Un poco con la cabeza de Maradona y un poco con la mano de Dios.” La ironía, la picardía y la grandiosidad cabían todas en esas pocas palabras. Maradona no reconocía la trampa, pero tampoco la negaba del todo. La atribuía a algo superior.
Cuatro minutos después: el gol del siglo
Lo que hace irrepetible ese partido es que Maradona, cuatro minutos después, marcó el que está universalmente reconocido como el mejor gol de la historia del fútbol. Recibió el balón en su propio campo, eludió a seis jugadores ingleses con cambios de ritmo, fintas y desbordamientos en una carrera de sesenta metros, y batió al portero con elegancia. Fue votado por la afición como el “gol del siglo” en una encuesta de la FIFA.
En diez minutos, un mismo hombre había protagonizado el fraude más descarado y la genialidad más pura de la historia del deporte. Esa contradicción, más que cualquier otra cosa, define a Maradona y explica por qué su figura sigue dividiendo y fascinando a partes iguales décadas después de aquel partido en el Estadio Azteca.