La Copa del Mundo y sus capítulos más inverosímiles
La historia del fútbol está llena de momentos extraordinarios, pero algunos Mundiales son especiales no solo por lo que ocurrió en el campo sino por los detalles que los rodearon. Tres ediciones en particular se han ganado un lugar permanente en el capítulo de las anomalías históricas: 1930, 1950 y 1966. Tres torneos, tres historias que parecen inventadas.
Uruguay 1930: el Mundial que casi nadie quiso disputar
La primera Copa del Mundo de la historia se celebró en julio de 1930 en Uruguay. La FIFA eligió al pequeño país sudamericano como sede porque era el campeón olímpico de fútbol de 1924 y 1928, y porque el año 1930 coincidía con el centenario de su independencia. Uruguay prometió construir un estadio nuevo, el Centenario, y cubrir los gastos de viaje y alojamiento de todos los participantes.
El problema era el Atlántico. Los equipos europeos debían cruzar el océano en barco, un viaje de dos a tres semanas en cada sentido, en una época en que los jugadores de fútbol no eran todavía profesionales con contratos millonarios sino hombres que compaginaban el deporte con sus trabajos habituales. La mayoría de las federaciones europeas declinaron la invitación con argumentos económicos y prácticos.
Solo cuatro selecciones europeas cruzaron el océano: Francia, Bélgica, Yugoslavia y Rumania. Esta última participó gracias a la intervención directa del rey Carol II, que convenció a los empresarios de liberar a sus empleados futbolistas para el viaje. Las trece selecciones participantes en el torneo reflejaron la distribución geográfica de quienes podían y querían ir: siete de América, cuatro de Europa, y una de cada uno de los equipos de América del Norte y del Norte de África.
Uruguay ganó el torneo derrotando a Argentina 4-2 en la final, ante un estadio repleto en Montevideo. Los aficionados argentinos cruzaron el Río de la Plata en barco para animar a su selección. Fue el inicio de una de las rivalidades más intensas del fútbol sudamericano.
Brasil 1950: el torneo sin final que terminó con el Maracanazo
El Mundial de Brasil en 1950 llegó marcado por las ausencias y las peculiaridades. Alemania y Japón seguían excluidos por su condición de países derrotados en la Segunda Guerra Mundial. La India se clasificó pero se retiró porque la FIFA no permitió que sus jugadores compitieran descalzos, según la costumbre local. Escocia también se negó a participar porque había quedado segunda en el torneo británico clasificatorio, y la federación escocesa había anunciado que solo iría al Mundial si quedaba primera.
Pero la mayor rareza del torneo fue estructural: la FIFA decidió no jugar una final convencional. En lugar de eliminatorias, la fase final del torneo fue una liguilla entre cuatro equipos: Brasil, Uruguay, España y Suecia. El sistema hacía que el último partido, Brasil contra Uruguay, fuera el que decidía el campeón, pero sin ser formalmente una final.
El contexto era apabullante: el Estadio Maracaná de Río de Janeiro, recién inaugurado, albergó ese partido con una cifra oficial de 173.850 espectadores, aunque los cálculos hablan de hasta 200.000 personas. Brasil solo necesitaba empatar para ser campeón. Uruguay necesitaba ganar. Uruguay ganó 2-1. El silencio que siguió al segundo gol uruguayo en el Maracaná se describe en los testimonios de la época como uno de los momentos más impresionantes de la historia del deporte.
Inglaterra 1966: el perro que salvó la Copa del Mundo
Cuatro meses antes de que empezara el Mundial de Inglaterra, el 20 de marzo de 1966, el trofeo Jules Rimet desapareció de una exposición de sellos en la Central Hall de Westminster. El trofeo, que hasta ese momento se guardaba con escasa seguridad, había sido robado por desconocidos durante la exposición.
La policía británica lanzó una operación de búsqueda urgente. Durante una semana, el gobierno y la FIFA vivieron con el pánico de comenzar el Mundial más importante de la historia del país sin el trofeo. Se recibieron exigencias de rescate, que la policía utilizó para tender una trampa sin éxito.
La solución llegó de manera completamente inesperada. El 27 de marzo, un perro de raza collie llamado Pickles salió a pasear con su dueño, David Corbett, en Beulah Hill, en el sur de Londres. El perro empezó a escarbar entre unos arbustos y encontró el trofeo envuelto en un periódico. La historia de Pickles se convirtió en un fenómeno mediático internacional: el perro recibió una medalla de la PDSA, protagonizó una película y fue objeto de cientos de artículos en todo el mundo.
Inglaterra ganó el Mundial en casa. El trofeo Jules Rimet desapareció definitivamente en 1983, cuando fue robado del edificio de la Confederación Brasileña en Río de Janeiro y nunca fue recuperado.