El fútbol ha sido escenario de muchas pasiones, pero pocas veces en la historia un partido —o, mejor dicho, una serie de partidos— ha actuado como detonador de un conflicto armado real. En 1969, Honduras y El Salvador se enfrentaron en la eliminatoria mundialista, y lo que ocurrió antes, durante y después de esos noventa minutos llevó a los dos países a la guerra.
Las tensiones previas al pitido inicial
Llamarla simplemente la “guerra del fútbol” es, en cierto modo, una simplificación injusta. Las raíces del conflicto tenían poco que ver con el balón y mucho con la tierra. Durante décadas, cientos de miles de salvadoreños habían emigrado a Honduras huyendo de la superpoblación y la concentración latifundista de su país. A finales de los 60, más de trescientos mil salvadoreños vivían en Honduras, ocupando tierras que el gobierno hondureño empezaba a reclamar para sus propios ciudadanos mediante una reforma agraria que excluía explícitamente a los extranjeros.
Las expulsiones masivas de campesinos salvadoreños de Honduras en 1969 crisparon al máximo la relación entre los dos gobiernos. El ambiente era de enorme tensión cuando arrancó la eliminatoria mundialista.
Los partidos y la violencia en las gradas
El primer partido se disputó en Tegucigalpa el 8 de junio de 1969. La afición hondureña hostigó durante toda la noche a los jugadores salvadoreños en su hotel, privándoles del sueño. Honduras ganó 1-0. La selección salvadoreña regresó a su país convertida en símbolo del agravio nacional.
La revancha, en San Salvador el 15 de junio, fue aún peor. Esta vez fueron los aficionados salvadoreños quienes no dejaron dormir a los hondureños y quienes rodearon el estadio para incitar a sus jugadores. El Salvador ganó 3-0 entre escenas de violencia dentro y fuera del campo.
El partido de desempate se disputó en terreno neutral, en Ciudad de México, el 27 de junio. El Salvador ganó en la prórroga por 3-2 y se clasificó para el Mundial. Para entonces, ya habían comenzado los incidentes en la frontera.
Cien horas de guerra
El 14 de julio de 1969, el ejército salvadoreño cruzó la frontera hondureña. Lo que siguió fueron cien horas de combates que dejaron entre tres mil y cuatro mil muertos, decenas de miles de desplazados y una frontera que tardaría décadas en normalizarse. La Organización de Estados Americanos negoció el alto el fuego, pero el tratado de paz definitivo no se firmó hasta 1980.
El periodista polaco Ryszard Kapuscinski, corresponsal en Centroamérica, popularizó el nombre “guerra del fútbol” en su crónica homónima, una obra que deja claro que el fútbol fue el pretexto, no la causa. Las causas —la tierra, la emigración, la pobreza— existían mucho antes del pitido inicial.
El fútbol como espejo de la política
La historia de la guerra del fútbol es un recordatorio de que los grandes eventos deportivos no ocurren en el vacío. Cuando las tensiones sociales y políticas son extremas, un partido puede convertirse en el punto de inflamación de conflictos que llevan años fraguándose. El fútbol no creó la guerra entre Honduras y El Salvador, pero le dio nombre, fecha y audiencia internacional.