El portero es el único jugador que puede usar las manos dentro del área y, con frecuencia, el que más influye en el resultado final. Más allá del talento natural para las paradas, hay una serie de fundamentos técnicos y tácticos que cualquier portero puede aprender y trabajar desde el principio.
La posición de espera es la base de todo. Antes de cada disparo, el portero debe estar colocado en la bisectriz del ángulo que forman los dos postes con el balón: el punto que equidistante del primer y el segundo palo desde la perspectiva del atacante. Esto hace que cualquier disparo tenga el mismo recorrido a cada lado del portero. Las rodillas deben estar semiflexionadas, el peso en la punta de los pies y los brazos levantados a la altura de la cadera, listos para reaccionar. Un portero con los talones apoyados en el suelo pierde décimas de segundo preciosas en cada parada.
Las salidas son el momento más comprometido para un portero. Cuando el balón viene por el aire (córner, pase alto), la salida debe ser decidida y con las dos manos. La duda mata: si sales y no llegas, la defensa queda en inferioridad; si no sales cuando deberías, el atacante remata sin oposición. La regla práctica es salir siempre que calcules que puedes llegar antes que el atacante, y quedarte en la portería si no tienes esa garantía. El grito de «¡cojo yo!» antes de salir es esencial para evitar choques con los propios defensas.
Para los disparos rasos, el portero debe bajar el cuerpo para tapar el balón con el tronco además de con las manos. No solo con los guantes: el cuerpo entero funciona como barrera. En los disparos a media altura, los brazos deben cerrarse hacia el centro del pecho para que el balón no se escurra. Un error habitual es tener los brazos demasiado separados o rígidos en el momento del impacto.
Trabajar la agilidad y la rapidez de pies con ejercicios de escalera de coordinación, combinados con paradas específicas con compañeros que disparen desde diferentes ángulos, es el entrenamiento más efectivo para un portero que empieza.