Anthony Joseph Foyt Jr., conocido universalmente como A.J. Foyt o “Super Tex” por sus orígenes texanos, es la figura más grande e irrepetible del automovilismo americano. Durante más de tres décadas de carrera activa como piloto, ganó prácticamente todo lo que se podía ganar en la pista americana: cuatro Indy 500, siete campeonatos nacionales de USAC, una victoria en Le Mans, victorias en Daytona y una lista de éxitos en NASCAR que hubiera bastado para hacer la carrera de otro piloto completa. Foyt no fue simplemente un gran piloto: fue el piloto americano por excelencia, duro, competitivo, orgulloso y leal a sus raíces hasta el extremo.
Los orígenes: Texas, mecánica y velocidad
Foyt nació el 16 de enero de 1935 en Houston, Texas, en el seno de una familia donde los coches no eran lujo sino modo de vida. Su padre, Tony Foyt, corrió en exhibiciones locales y fue el primer maestro de A.J.: desde pequeño aprendió a conducir y a entender la mecánica de los motores. Con menos de diez años ya circulaba por el patio de su casa en pequeños coches de carreras caseros; con veinte años ya competía en carreras regionales con una seriedad y una determinación que destacaban entre todos sus rivales.
Su debut en el circuito nacional americano de USAC llegó a finales de los años 50, y su progresión fue rápida: en 1960 disputó su primer Indianapolis Motor Speedway y el año siguiente, en 1961, ganó su primer Indy 500.
Las cuatro victorias en Indianapolis
1961 fue el año del primer gran triunfo de Foyt en Indianapolis, con el roadster Watson número 1 del equipo Bowes Seal Fast. Era la época de los grandes roadsters americanos, y Foyt los dominaba con una mezcla de agresividad y habilidad mecánica que pocos podían igualar.
1964 llegó su segunda victoria, esta vez en plena transición entre los roadsters y los monoplazas de motor trasero que los europeos habían introducido. Mientras pilotos como Dan Gurney ya habían adoptado el concepto de motor trasero, Foyt ganó con un diseño más tradicional, demostrando que la habilidad del piloto podía compensar la desventaja técnica.
1967 fue el año de su tercera victoria y quizás la más memorable: ese mismo año viajó a Le Mans con Dan Gurney y ganó las 24 Horas al volante del Ford GT40 Mk IV, completando un doblete histórico que ningún otro piloto ha repetido. Ganar Indianapolis y Le Mans en el mismo año es una hazaña que solo Foyt ha conseguido.
1977 fue el año de la cuarta victoria, conseguida con 41 años y en un momento en que muchos consideraban que Foyt estaba ya en el ocaso de su carrera. Esa victoria en solitario de un piloto veterano contra los más jóvenes y mejor equipados es una de las historias más épicas del Indy 500.
La personalidad: dureza americana
A.J. Foyt fue siempre un personaje sin medias tintas. Su carácter texano, directísimo y sin filtros, generó conflictos pero también lealtades absolutas. En el paddock era temido por su capacidad para exigir lo máximo tanto a sus mecánicos como a sí mismo. En pista era un rival implacable que no cedía fácilmente ninguna posición y que respondía a los toques con idéntica moneda si las circunstancias lo requerían.
Esa dureza, que en otros contextos podría interpretarse como un defecto, en el automovilismo americano de los años 60 y 70 era una virtud admirada. Foyt era lo que el público americano quería ver: un hombre de sus raíces, que ganaba por mérito propio y no se disculpaba por ello.