Los IV Juegos Olímpicos de Invierno de 1936 estuvieron irremediablemente marcados por el contexto político de su anfitrión. Alemania, gobernada desde 1933 por el régimen nazi de Adolf Hitler, organizó unos Juegos que, al igual que los de Berlín en verano, fueron envueltos en la maquinaria propagandística del Tercer Reich. Sin embargo, sobre las pistas y las nieves de los Alpes bávaros, el deporte tuvo momentos de genuina grandeza que merecen ser recordados con independencia de la sombra política que los envolvió.
Sede y contexto histórico
Garmisch-Partenkirchen, en realidad dos municipios bávaros unidos administrativamente justo antes de los Juegos, se convirtió en el escenario de una cita que concentró la atención del mundo entero. La región, de gran belleza alpina, contaba con una infraestructura deportiva invernal de primer nivel, lo que la convertía en candidata natural para albergar unos Juegos que, por primera vez, superaron los 600 atletas participantes.
El régimen nazi vio en estos Juegos, como en los de Berlín meses después, una oportunidad de oro para proyectar al mundo la imagen de una Alemania moderna, organizada y capaz. Las señales antisemitas que proliferaban por el país fueron temporalmente retiradas de la región para no causar un escándalo internacional. Hitler asistió en persona a la ceremonia de apertura, y la organización fue impecable desde un punto de vista logístico y de protocolo. Desde el exterior, varios países barajaron el boicot, pero finalmente las 28 naciones participantes —un récord hasta ese momento— acudieron a la cita.
Las estrellas de estos Juegos
Sonja Henie protagonizó la despedida más brillante que puede imaginarse. Con 23 años y en la plenitud de sus facultades, la noruega ganó su tercer oro olímpico consecutivo en patinaje artístico femenino, completando así una trayectoria sin parangón: tres Juegos, tres oros, diez campeonatos del mundo seguidos. Tras esta victoria, Henie anunció su retirada de la competición y se marchó a conquistar Hollywood, donde se convertiría en actriz y estrella de espectáculos sobre hielo, acumulando una fortuna y una fama que pocas deportistas de cualquier época han alcanzado.
El noruego Birger Ruud confirmó en Garmisch su condición de mejor saltador de esquí del mundo, ganando el oro en saltos y revalidando así el que ya había conquistado en Lake Placid 1932. Ruud era la personificación de la elegancia técnica en su disciplina: sus vuelos sobre el trampolín tenían una plasticidad casi artística que enamoraba al público. Su leyenda se prolongaría hasta 1948, cuando con 36 años regresaría a los Juegos para ganar la plata.
El programa y las novedades deportivas
Garmisch-Partenkirchen incluyó en el programa por primera vez las pruebas alpinas de esquí —descenso y slalom combinado—, lo que constituyó un momento histórico para el esquí de montaña. La aparición del esquí alpino como disciplina olímpica era el reconocimiento de un deporte que había crecido de manera espectacular en popularidad durante los años veinte y treinta, cuando la burguesía europea convirtió las estaciones de montaña en destinos de moda.
El alemán Franz Pfnür y la alemana Christl Cranz ganaron los oros en las combinadas alpinas ante el público local, entre el entusiasmo de los espectadores. Cranz era especialmente dominante: fue campeona del mundo durante años y su victoria olímpica fue recibida como un triunfo nacional.
Resultados y medallero
Noruega encabezó el medallero general con 7 oros, confirmando que seguía siendo la gran potencia de los deportes nórdicos. Alemania tuvo una actuación notable, especialmente en el esquí alpino, impulsada por la presión de competir en casa y el apoyo logístico y económico del régimen. El hockey sobre hielo vio por primera vez en mucho tiempo cómo Canadá no se llevaba el oro: Gran Bretaña, con varios jugadores de origen canadiense, ganó la medalla dorada en un resultado sorpresivo.
El legado
Los Juegos de Garmisch-Partenkirchen son inseparables de su contexto político, y la historia del olimpismo los ha situado bajo la misma sombra que los de Berlín 1936. Pero dentro de esa sombra, el deporte vivió momentos genuinos: la última gran actuación de Sonja Henie, la excelencia de Birger Ruud y la consagración del esquí alpino como disciplina olímpica son páginas que pertenecen a la historia del deporte con independencia de quién las enmarcó.
España tampoco participó en estos Juegos de Invierno, inmersa en la convulsa situación política previa al estallido de la Guerra Civil en julio de 1936, apenas unos meses después de la clausura de los Juegos de Garmisch.