Cuatro años después del experimento pionero de Chamonix, los Juegos Olímpicos de Invierno volvieron a reunirse, esta vez en el elegante enclave alpino suizo de Saint-Moritz. La segunda edición fue mucho más que una mera repetición: supuso la consolidación definitiva de los Juegos de Invierno como institución olímpica de pleno derecho, con una participación sensiblemente mayor —25 naciones y 464 atletas— y un programa que comenzaba a perfilarse con mayor solidez.
Sede y contexto histórico
Saint-Moritz, situada en el cantón de los Grisones a más de 1.800 metros de altitud, era ya en 1928 uno de los destinos invernales más prestigiosos de Europa. Lugar de encuentro de la aristocracia y la alta sociedad del continente, la localidad suiza contaba con una larga tradición en deportes de nieve y hielo que la convertían en escenario ideal para acoger unos Juegos Olímpicos de Invierno en plena expansión.
El mundo de 1928 vivía el período de relativa prosperidad que los historiadores conocen como los «felices años veinte», aunque ya se apreciaban en el horizonte las tensiones económicas que estallarían con la Gran Depresión de 1929. En el ámbito olímpico, la organización había ganado en experiencia y el COI empujaba para consolidar el formato invernal como un elemento permanente del calendario olímpico.
Las estrellas de estos Juegos
Si en Chamonix 1924 la pequeña Sonja Henie había acabado en último lugar con solo 11 años, en Saint-Moritz 1928 la joven noruega regresó convertida en una campeona de 15 años que arrasó en el patinaje artístico femenino. Con una madurez técnica y artística insólita para su edad, Sonja Henie se coronó campeona olímpica en su segunda participación, inaugurando así una racha de tres oros olímpicos consecutivos que la haría inmortal. Era ya por entonces campeona del mundo en ejercicio, un título que acumularía durante diez años consecutivos.
El finlandés Clas Thunberg volvió a brillar en la pista de velocidad, añadiendo nuevos metales a su ya nutrido palmarés. Su dominio en las distancias medias del patinaje de velocidad lo consagraba como el mejor especialista de su generación. Noruega y Finlandia volvieron a repartirse las posiciones de honor en los deportes nórdicos, con esquiadores de fondo y saltadores que ya eran leyenda en sus países.
El debut del bobsled olímpico
Una de las novedades más espectaculares de Saint-Moritz 1928 fue la inclusión del bobsled en el programa oficial olímpico. La prueba de bobsled a cuatro congregó a equipos de varios países que se lanzaban a toda velocidad por canales de hielo en un espectáculo de adrenalina pura. Estados Unidos se llevó el oro en esta primera edición, con Suiza obteniendo el reconocimiento de la plata ante su propio público. La incorporación del bobsled fue un acierto desde el punto de vista del espectáculo: las carreras, veloces y peligrosas, capturaban inmediatamente la atención de los espectadores.
La pista de bobsled de Saint-Moritz, conocida como Olympia Bob Run, era ya entonces una de las más famosas de Europa. Su diseño sinuoso y sus curvas pronunciadas ponían a prueba la valentía y la pericia técnica de los pilotos, estableciendo un estándar de dificultad que influiría en el diseño de futuras pistas.
Resultados y medallero
Noruega encabezó nuevamente el medallero general, confirmando su supremacía en los deportes nórdicos. La nación escandinava acumuló el mayor número de medallas de oro, seguida de Estados Unidos, que destacó especialmente en las nuevas disciplinas como el bobsled. Suiza, como anfitriona, tuvo una actuación discreta pero digna, con el apoyo entusiasta de su público.
El hockey sobre hielo volvió a estar dominado por Canadá, cuyo equipo —esta vez representado por el Toronto Varsity Grads— repitió la fórmula de la victoria total, aplastando a sus rivales con una superioridad que no dejaba lugar a dudas. La brecha entre Canadá y el resto del mundo en este deporte era todavía enorme.
El legado
Saint-Moritz 1928 demostró que Chamonix no había sido un accidente ni un experimento aislado. Los Juegos de Invierno habían llegado para quedarse, y su segunda edición reforzó esa convicción al duplicar prácticamente la participación respecto a 1924. El crecimiento fue rápido y sostenido, señal de que existía una demanda real de competición internacional en las disciplinas invernales.
La figura de Sonja Henie comenzó a proyectarse en estos Juegos como la de una superestrella deportiva capaz de trascender el ámbito puramente atlético. Su elegancia sobre el hielo y su capacidad para combinar el rendimiento competitivo con el espectáculo artístico anticipaban lo que sería su posterior carrera como artista y figura mediática a escala mundial.