El deporte tiene historias extraordinarias de superación y de desarrollo. Pero pocas tan sorprendentes como la de Taiwán en el korfbal: un país sin ninguna tradición histórica en el deporte, geográficamente alejado de su cuna europea, que en menos de cuatro décadas pasó de descubrir el korfbal a ganar el Campeonato del Mundo.
Un deporte sin raíces en Asia
El korfbal es, en todos los sentidos, un invento europeo. Lo inventó un maestro holandés, en una ciudad holandesa, para alumnos holandeses, usando cestas holandesas de mimbre. Su expansión inicial fue exclusivamente entre los Países Bajos y Bélgica. No hay ningún vínculo cultural, histórico ni geográfico que conecte el korfbal con Asia.
Y sin embargo, Taiwán ganó el Campeonato del Mundo.
La apuesta sistemática
La clave del éxito taiwanés no fue el talento espontáneo ni la coincidencia. Fue una apuesta deliberada, sistemática y sostenida en el tiempo por parte de la federación y el sistema deportivo del país.
Cuando el korfbal llegó a Taiwán en los años ochenta a través de los contactos de la IKF, la federación taiwanesa tomó una decisión poco habitual: apostar por el deporte a largo plazo. Eso implicó integrar el korfbal en el sistema universitario —creando equipos en las universidades y generando así una base de jugadores jóvenes— y buscar el apoyo técnico de los Países Bajos para aprender de la fuente.
Entrenadores holandeses viajaron a Taiwán. Jugadores taiwaneses viajaron a los Países Bajos. Se estudiaron los métodos de entrenamiento, los sistemas tácticos y las claves del éxito del modelo holandés, y se adaptaron al contexto taiwanés.
Cuarenta años de trabajo
El proceso tardó décadas. A lo largo de los años noventa y dos mil, la selección taiwanesa fue mejorando lentamente en los campeonatos internacionales: primero solo participaba, luego ganaba partidos, luego llegaba a semifinales. El progreso era real pero lento.
En la segunda década del siglo XXI, Taiwán ya era un rival temible. Los Países Bajos y Bélgica sabían que los partidos contra la selección asiática ya no eran trámites. Taiwán jugaba rápido, con cohesión táctica y con una determinación que era el fruto de años de trabajo colectivo.
2019: la coronación
El Campeonato del Mundo Indoor de 2019 fue el momento de la coronación. En Sudáfrica —otro país alejado de las potencias tradicionales del korfbal— Taiwán llegó a la final y ganó a los Países Bajos. El marcador final fue la prueba de que el trabajo de cuarenta años había valido la pena.
En Taiwán, la victoria fue celebrada como un hito deportivo nacional. En el mundo del korfbal, fue el resultado que todos necesitaban para demostrar que el deporte tenía futuro más allá de Europa.
La lección del caso taiwanés
La historia de Taiwán en el korfbal es una lección sobre cómo puede crecer un deporte en un país sin tradición: con planificación, con paciencia, con acceso a la mejor formación disponible y con un sistema que integre el deporte en la estructura educativa del país.
Es también, en cierto sentido, la mejor publicidad que el korfbal ha tenido en su historia: si un país asiático sin tradición puede ganar el mundo, cualquier país puede desarrollar el korfbal. Eso es exactamente el argumento que la IKF necesita para expandir el deporte.