En el mundo del motociclismo hay grandes pilotos y hay leyendas. Y luego está Valentino Rossi, una categoría propia que trasciende el deporte para instalarse en la cultura popular italiana y en la memoria colectiva de todos los aficionados al motor que vivieron la primera década del siglo XXI.
Rossi nació en Urbino (Italia) en 1979, hijo de Graziano Rossi, ex piloto de Fórmula 750. Creció entre motos, en una familia donde el motor formaba parte del aire que se respiraba. Con 15 años ya competía en karts y en motos pequeñas, y con 17 debutó en el Campeonato del Mundo en la categoría de 125cc. Lo que vino después es una de las carreras deportivas más extraordinarias de la historia del deporte motorizado.
Del debutante brillante al dominio absoluto
Rossi ganó su primer campeonato del mundo en 125cc en 1997 con una facilidad que anunciaba lo que vendría. En 1998 subió a 250cc y en 1999 ganó ese título también, dejando claro que era el piloto más completo de su generación. El salto a la máxima categoría —las 500cc en 2000— fue su verdadera prueba, y la superó con una temporada de transición impresionante que lo preparó para el dominio absoluto.
En 2001, con la nueva categoría MotoGP (motos de cuatro tiempos de hasta 1000cc), Rossi comenzó una era. Cuatro títulos consecutivos con Honda (2001, 2002, 2003, 2004) que lo convirtieron en el piloto dominante de una generación. Y entonces, en el momento de máximo poder, tomó la decisión que lo hizo aún más grande: se fue a Yamaha, que llevaba años sin ganar, para demostrar que era él y no la moto.
El salto a Yamaha: la decisión que lo definió
El fichaje de Rossi por Yamaha para la temporada 2004 fue considerado por muchos un error. Honda tenía la moto más potente de la parrilla y Rossi la abandonaba por una Yamaha que no había ganado el mundial desde 1992. La primera temporada fue de adaptación, pero la segunda, en 2005, fue la demostración definitiva: Rossi ganó el campeonato con autoridad, confirmando que el piloto valía más que la máquina.
Las celebraciones de victoria de Rossi —elaboradas puestas en escena con disfraces, accesorios y humor— se convirtieron en un espectáculo dentro del espectáculo. El mundo del motociclismo, antes percibido como un deporte técnico y serio, se volvió popular y entretenido. Rossi llenó circuitos, vendió millones de gorras amarillas y puso el número 46 en el imaginario colectivo de millones de aficionados que no habían visto una carrera de motos en su vida.
La rivalidad y el ocaso
La llegada de Jorge Lorenzo y Marc Márquez marcó el comienzo del final de la era Rossi, aunque el italiano resistió con una tenacidad extraordinaria. Siguió compitiendo en MotoGP hasta 2021, a los 42 años, acumulando victorias y haciendo que cada carrera pareciera un homenaje a sí mismo y al deporte.
Se retiró con 26 temporadas en el Campeonato del Mundo, 115 victorias en la máxima categoría y la certeza de haber cambiado para siempre la relación entre el motociclismo y el público global. Su academia de pilotos —la VR46 Riders Academy— ha producido a varios de los mejores pilotos actuales de MotoGP, entre ellos Franco Morbidelli, Francesco Bagnaia y Marco Bezzecchi, asegurando que su legado continúa mucho más allá de su retirada.