Balto no fue un campeón deportivo en el sentido convencional. No ganó ninguna carrera. No tiene un palmarés de victorias. Fue un perro de trabajo, un Siberian Husky nacido alrededor de 1919 en el kennel del musher noruego-americano Leonhard Seppala, en Nome, Alaska. Y sin embargo, su nombre es hoy más conocido que el de cualquier campeón del Iditarod, porque lo que hizo en febrero de 1925 no fue ganar una carrera: fue salvar vidas.
El Serum Run y el papel de Balto
En enero de 1925, una epidemia de difteria amenazaba con diezmar a la población de Nome, especialmente a los niños nativos que no tenían inmunidad previa a la enfermedad. La ciudad necesitaba antitoxina con urgencia, pero el puerto estaba bloqueado por el hielo y la navegación era imposible. La solución fue organizar un relevo de trineos de perros desde Nenana —donde el ferrocarril podía llevar la antitoxina— hasta Nome, una distancia de casi 1.100 km a través del interior de Alaska en pleno invierno.
Veinte mushers y sus equipos se relevaron a lo largo del recorrido. El tramo más famoso y peligroso fue el final, encomendado al musher Gunnar Kaasen con un equipo liderado por Balto. Kaasen y Balto salieron de Blwarf (cerca de Shaktoolik) en las peores condiciones de todo el recorrido: una ventisca que hacía imposible ver a más de unos pocos metros, temperatura de -40 °C con factor de viento y terreno de hielo traicionero sobre la bahía de Norton Sound.
En ese tramo, Kaasen admitió después que no podía ver absolutamente nada. Era Balto quien lideraba, quien encontraba el camino bajo la ventisca, quien mantenía al equipo en movimiento cuando habría sido fácil detenerse. A las 5:30 de la mañana del 2 de febrero de 1925, Gunnar Kaasen y Balto llegaron a Nome con la antitoxina. La epidemia fue controlada y ningún niño más murió.
La fama y la controversia
Lo que sucedió después del Serum Run tuvo un componente de injusticia histórica que la comunidad del mushing recuerda hasta hoy. Balto y Kaasen se convirtieron en los grandes héroes mediáticos del acontecimiento, haciendo una gira por Estados Unidos que los llevó a Hollywood y a las portadas de los periódicos. Pero el musher que más había arriesgado y más kilómetros había cubierto era otro: Leonhard Seppala, con su perro líder Togo, había recorrido el tramo más largo y peligroso del relevo (más de 200 km, incluyendo el cruce de la bahía de Norton Sound en las primeras horas). Seppala nunca recibió el reconocimiento que Balto y Kaasen cosecharon.
Esta controversia sobre quién merecía más el reconocimiento —Balto o Togo— ha alimentado el debate en la comunidad del mushing durante décadas. La película de animación de 2023 sobre Togo (producida por Disney+) fue en parte una respuesta tardía a esa deuda histórica.
La estatua de Central Park y el legado
El 17 de diciembre de 1925, apenas diez meses después del Serum Run, se inauguró en Central Park (Nueva York) una estatua de bronce de Balto esculpida por Frederick Roth. La estatua lleva la inscripción «Endurance, Fidelity, Intelligence» y representa a Balto en posición erguida, mirando al horizonte. Es una de las estatuas más tocadas y visitadas del parque: las orejas, el hocico y el lomo brillan por el desgaste del contacto de decenas de miles de visitantes cada año.
Balto vivió hasta 1933, los últimos años de su vida en el zoo de Cleveland, donde fue visitado por miles de personas. Cuando murió, su cuerpo fue disecado y se puede ver hoy en el Museo de Historia Natural de Cleveland. Su historia es la del mushing en su forma más pura: no un deporte, sino un vínculo entre el hombre y el perro al servicio de algo más grande que ambos.